The Project Gutenberg EBook of Zalacain El Aventurero, by Pio Baroja This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net Title: Zalacain El Aventurero Author: Pio Baroja Release Date: August 23, 2004 [EBook #13264] Language: Spanish Character set encoding: ASCII *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ZALACAIN EL AVENTURERO *** Produced by Stan Goodman, Virginia Paque and the Online Distributed Proofreading Team. [Nota del Transcriptor: Este texto digital ha conservado las irregularidades en puntuacion, acentuacion y ortografia del libro original.] ZALACAIN EL AVENTURERO PIO BAROJA ZALACAIN EL AVENTURERO (Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martin Zalacain el Aventurero) MADRID.--1919. PROLOGO COMO ERA LA VILLA DE URBIA EN EL ULTIMO TERCIO DEL SIGLO XIX Una muralla de piedra, negruzca y alta rodea a Urbia. Esta muralla sigue a lo largo del camino real, limita el pueblo por el Norte y al llegar al rio se tuerce, tropieza con la iglesia, a la que coge, dejando parte del abside fuera de su recinto, y despues escala una altura y envuelve la ciudad por el Sur. Hay todavia, en los fosos, terrenos encharcados con hierbajos y espadanas, poternas llenas de hierros, garitas desmochadas, escalerillas musgosas, y alrededor, en los glacis, altas y romanticas arboledas, malezas y boscajes y verdes praderas salpicadas de florecillas. Cerca, en la aguda colina a cuyo pie se sienta el pueblo, un castillo sombrio se oculta entre gigantescos olmos. Desde el camino real, Urbia aparece como una agrupacion de casas decrepitas, leprosas, inclinadas, con balcones corridos de madera y miradores que asoman por encima de la negra pared de piedra que las circunda. Tiene Urbia una barriada vieja y otra nueva. La barriada vieja, la _calle_, como se le llama por antonomasia en vascuence, esta formada, principalmente, por dos callejuelas estrechas, sinuosas y en cuesta que se unen en la plaza. El pueblo viejo, desde la carretera, traza una linea quebrada de tejados torcidos y mugrientos, que va descendiendo desde el Castillo hasta el rio. Las casas, encaramadas en la cintura de piedra de la ciudad, parece a primera vista que se encuentran en una posicion estrecha e incomoda, pero no es asi, sino todo lo contrario, porque, entre el pie de las casas y los muros fortificados, existe un gran espacio ocupado por una serie de magnificas huertas. Tales huertas, protegidas de los vientos frios, son excelentes. En ellas se pueden cultivar plantas de zona calida como naranjos y limoneros. La muralla, por la parte interior que da a las huertas, tiene un camino formado por grandes losas, especie de acera de un metro de ancho con su barandado de hierro. En los intersticios de estas losas viejas, y desgastadas por las lluvias, crecen la venenosa cicuta y el beleno; junto a las paredes brillan, en la primavera, las flores amarillentas del diente del leon y del verbasco, los gladiolos de hermoso color carmesi y las digitales purpureas. Otros muchos hierbajos, mezclados con ortigas y amapolas, se extienden por la muralla y adornan con su verdura y con sus constelaciones de flores pequenas y simples las almenas, las aspilleras y los matacanes. Durante el invierno, en las horas de sol, algunos viejos de la vecindad, con traje de casa y zapatillas, pasean por la cornisa, y al llegar Marzo o Abril contemplan los progresos de los hermosos perales y melocotoneros de las huertas. Observan tambien, disimuladamente, por las aspilleras, si viene algun coche o carro al pueblo, si hay novedades en las casas de la barriada nueva, no sin cierta hostilidad, porque todos los habitantes del interior sienten una obscura y mal explicada antipatia por sus convecinos de extra-muros. La cintura de piedra del pueblo viejo se abre en unos sitios por puertas ojivales; en otros se rompe irregularmente, dejando un boquete que por dias se ve agrandarse. En algunas de las puertas, debajo, de la ojiva primitiva, se hizo posteriormente, no se sabe con que objeto, un arco de medio punto. En las piedras de las jambas quedan empotrados hierros que sirvieron para las poternas. Los puentes levadizos estan substituidos por montones de tierra que rellenan el foso hasta la necesaria altura. Urbia ofrece aspectos varios segun el sitio de donde se le contemple; desde lejos y viniendo desde la carretera, sobre todo al anochecer, tiene la apariencia de un castillo feudal; la ciudadela sombria, envuelta entre grandes arboles, prolongada despues por el pueblo con sus muros fortificados que chorrean agua, presentan un aspecto grave y guerrero; en cambio, desde el puente y un dia de sol, Urbia no da ninguna impresion fosca, por el contrario, parece una diminuta Florencia, asentada en las orillas de un riachuelo claro, pedregoso, murmurador y de rapida corriente. Las dos filas de casas banadas por el rio son casas viejas con galerias y miradores negruzcos, en los cuales cuelgan ropas puestas a secar, ristras de ajos y de pimientos. Estas galerias tienen en un extremo una polea y un cubo para subir agua. Al finalizar las casas, siguiendo las orillas del rio, hay algunos huertos, por cuyas tapias verdosas surgen cipreses altos, delgados y espirituales, lo que da a este rincon un mayor aspecto florentino. Urbia intra-muros se acaba pronto; fuera de las dos calles largas, solo tiene callejones humedos y estrechos y la plaza. Esta es una encrucijada lobrega, constituida por una pared de la iglesia con varias rejas tapiadas, por la Casa del Ayuntamiento con sus balcones volados y su gran porton coronado por el escudo de la villa, y por un caseron enorme en cuyo bajo se halla instalado el almacen de Azpillaga. El almacen de Azpillaga, donde se encuentra de todo, debe dar a los aldeanos la impresion de una caja de Pandora, de un mundo inexplorado y lleno de maravillas. A la puerta de casa de Azpillaga, colgando de las negras paredes, suelen verse chisteras para jugar a la pelota, albardas, jaquimas, monturas de estilo andaluz; y en las ventanas, que hacen de escaparate frascos con caramelos de color, aparejos complicados de pesca, con su corcho rojo y sus canas, redes sujetas a un mango, marcos de hojadelata, santos de yeso y de laton y estampas viejas, sucias por las moscas. En el interior hay ropas, mantas, lanas, jamon, botellas de Chartreuse falsificado, loza fina... El Museo Britanico no es nada, en variedad, al lado de este almacen. A la puerta suele pasearse Azpillaga, grueso, majestuoso, con su aire clerical, unas mangas azules y su boina. Las dos calles principales de Urbia son estrechas, tortuosas y en cuesta. La mayoria de los vecinos de esas dos calles son labradores, alpargateros y carpinteros de carros. Los labradores, por la manana, salen al campo con sus yuntas. Al despertar el pueblo, al amanecer, se oyen los mugidos de los bueyes; luego, los alpargateros sacan su banco a la acera, y los carpinteros trabajan en medio de la calle en compania de los chiquillos, de las gallinas y de los perros. Algunas de las casas de las dos calles principales muestran su escudo, otras, sentencias escritas en latin, y la generalidad, un numero, la fecha en que se hicieron y el nombre del matrimonio que las mando construir... Hoy, el pueblo lo forma casi exclusivamente la parte nueva, limpia, coquetona, un poco presuntuosa. El verano cruzan la carretera un sin fin de automoviles y casi todos se paran un momento en la casa de Ohando, convertido en Gran Hotel de Urbia. Algunas senoritas, apasionadas por lo pintoresco, mientras el grueso papa escribe postales en el hotel, suben las escaleras del portal de la Antigua, recorren las dos calles principales de la ciudad y sacan fotografias de los rincones que les parecen romanticos y de los grupos de alpargateros que se dejan retratar sonriendo burlonamente. Hace cuarenta anos la vida en Urbia era pacifica y sencilla; los domingos habia el acontecimiento de la misa mayor, y por la tarde el acontecimiento de las visperas. Despues, en un prado anejo a la Ciudadela y del cual se habia apoderado la villa, iba el tamborilero y la gente bailaba alegremente, al son del pito y del tamboril, hasta que el toque del Angelus terminaba con la zambra y los campesinos volvian a sus casas despues de hacer una estacion en la taberna. LIBRO PRIMERO La infancia de Zalacain CAPITULO PRIMERO COMO VIVIO Y SE EDUCO MARTIN ZALACAIN Un camino en cuesta baja de la Ciudadela pasa por encima del cementerio y atraviesa el portal de Francia. Este camino, en la parte alta, tiene a los lados varias cruces de piedra, que terminan en una ermita y por la parte baja, despues de entrar en la ciudad, se convierte en calle. A la izquierda del camino, antes de la muralla, habia hace anos un caserio viejo, medio derruido, con el tejado terrero lleno de pedruscos y la piedra arenisca de sus paredes desgastada por la accion de la humedad y del aire. En el frente de la decrepita y pobre casa, un agujero indicaba donde estuvo en otro tiempo el escudo, y debajo de el se adivinaban, mas bien que se leian, varias letras que componian una frase latina: _Post funera virtus vivit_. En este caserio nacio y paso los primeros anos de su infancia Martin Zalacain de Urbia, el que, mas tarde, habia de ser llamado Zalacain el Aventurero; en este caserio sono sus primeras aventuras y rompio los primeros pantalones. Los Zalacain vivian a pocos pasos de Urbia, pero ni Martin ni su familia eran ciudadanos; faltaban a su casa unos metros para formar parte de la villa. El padre de Martin fue labrador, un hombre obscuro y poco comunicativo, muerto en una epidemia de viruelas; la madre de Martin tampoco era mujer de caracter; vivio en esa obscuridad psicologica normal entre la gente del campo, y paso de soltera a casada y de casada a viuda con absoluta inconsciencia. Al morir su marido, quedo con dos hijos Martin y una nina menor, llamada Ignacia. El caserio donde habitaban los Zalacain pertenecia a la familia de Ohando, familia la mas antigua aristocratica y rica de Urbia. Vivia la madre de Martin casi de la misericordia de los Ohandos. En tales condiciones de pobreza y de miseria, parecia logico que, por herencia y por la accion del ambiente, Martin fuese como su padre y su madre, obscuro, timido y apocado; pero el muchacho resulto decidido, temerario y audaz. En esta epoca, los chicos no iban tanto a la escuela como ahora, y Martin paso mucho tiempo sin sentarse en sus bancos. No sabia de ella mas si no que era un sitio obscuro, con unos cartelones blancos en las paredes, lo cual no le animaba a entrar. Le alejaba tambien de aquel modesto centro de ensenanza el ver que los chicos de la calle no le consideraban como uno de los suyos, a causa de vivir fuera del pueblo y de andar siempre hecho un andrajoso. Por este motivo les tenia algun odio; asi que cuando algunos chiquillos de los caserios de extramuros entraban en la calle y comenzaban a pedradas con los ciudadanos, Martin era de los mas encarnizados en el combate; capitaneaba las hordas barbaras, las dirigia y hasta las dominaba. Tenia entre los demas chicos el ascendiente de su audacia y de su temeridad. No habia rincon del pueblo que Martin no conociera. Para el, Urbia era la reunion de todas las bellezas, el compendio de todos los intereses y magnificencias. Nadie se ocupaba de el, no compartia con los demas chicos la escuela y huroneaba por todas partes. Su abandono le obligaba a formarse sus ideas espontaneamente y a templar la osadia con la prudencia. Mientras los ninos de su edad aprendian a leer, el daba la vuelta a la muralla, sin que le asustasen las piedras derrumbadas, ni las zarzas que cerraban el paso. Sabia donde habia palomas torcaces e intentaba coger sus nidos, robaba fruta y cogia moras y fresas silvestres. A los ocho anos, Martin gozaba de una mala fama digna ya de un hombre. Un dia, al salir de la escuela, Carlos Ohando, el hijo de la familia rica que dejaba por limosna el caserio a la madre de Martin, senalandole con el dedo, grito: --iEse! Ese es un ladron. --iYo!--exclamo Martin. --Tu, si. El otro dia te vi que estabas robando peras en mi casa. Toda tu familia es de ladrones. Martin, aunque respecto a el no podia negar la exactitud del cargo, creyo no debia permitir este ultraje dirigido a los Zalacain y, abalanzandose sobre el joven Ohando, le dio una bofetada morrocotuda. Ohando contesto con un punetazo, se agarraron los dos y cayeron al suelo, se dieron de trompicones, pero Martin, mas fuerte, tumbaba siempre al contrario. Un alpargatero tuvo que intervenir en la contienda y, a puntapies y a empujones, separo a los dos adversarios. Martin se separo triunfante y el joven Ohando, magullado y maltrecho, se fue a su casa. La madre de Martin, al saber el suceso, quiso obligar a su hijo a presentarse en casa de Ohando y a pedir perdon a Carlos, pero Martin afirmo que antes lo matarian. Ella tuvo que encargarse de dar toda clase de excusas y explicaciones a la poderosa familia. Desde entonces, la madre miraba a su hijo como a un reprobo. --iDe donde ha salido este chico asi!--decia, y experimentaba al pensar en el un sentimiento confuso de amor y de pena, solo comparable con el asombro y la desesperacion de la gallina, cuando empolla huevos de pato y ve que sus hijos se zambullen en el agua sin miedo y van nadando valientemente. CAPITULO II DONDE SE HABLA DEL VIEJO CINICO MIGUEL DE TELLAGORRI Algunas veces, cuando su madre enviaba por vino o por sidra a la taberna de Arcale a su hijo Martin, le solia decir: --Y si le encuentras, al viejo Tellagorri, no le hables, y si te dice algo, respondele a todo que no. Tellagorri, tio-abuelo de Martin, hermano de la madre de su padre, era un hombre flaco, de nariz enorme y ganchuda, pelo gris, ojos grises, y la pipa de barro siempre en la boca. Punto fuerte en la taberna de Arcale, tenia alli su centro de operaciones, alli peroraba, discutia y mantenia vivo el odio latente que hay entre los campesinos por el propietario. Vivia el viejo Tellagorri de una porcion de pequenos recursos que el se agenciaba, y tenia mala fama entre las personas pudientes del pueblo. Era, en el fondo, un hombre de rapina, alegre y jovial, buen bebedor, buen amigo y en el interior de su alma bastante violento para pegarle un tiro a uno o para incendiar el pueblo entero. La madre de Martin presintio que, dado el caracter de su hijo, terminaria haciendose amigo de Tellagorri, a quien ella consideraba como un hombre siniestro. Efectivamente, asi fue; el mismo dia en que el viejo supo la paliza que su sobrino habia adjudicado al joven Ohando, le tomo bajo su proteccion y comenzo a iniciarle en su vida. El mismo senalado dia en que Martin disfruto de la amistad de Tellagorri, obtuvo tambien la benevolencia de _Marques. Marques_ era el perro de Tellagorri, un perro chiquito, feo, contagiado hasta tal punto con las ideas, preocupaciones y manas de su amo, que era como el; ladron, astuto, vagabundo, viejo, cinico, insociable e independiente. Ademas, participaba del odio de Tellagorri por los ricos, cosa rara en un perro. Si _Marques_ entraba alguna vez en la iglesia, era para ver si los chicos habian dejado en el suelo de los bancos donde se sentaban algun mendrugo de pan, no por otra cosa. No tenia veleidades misticas. A pesar de su titulo aristocratico, _Marques_, no simpatizaba ni con el clero ni con la nobleza. Tellagorri le llamaba siempre _Marquesch_, alteracion que en vasco parece mas carinosa. Tellagorri poseia un huertecillo que no valia nada, segun los inteligentes, en el extremo opuesto de su casa, y para ir a el le era indispensable recorrer todo el balcon de la muralla. Muchas veces le propusieron comprarle el huerto, pero el decia que le venia de familia y que los higos de sus higueras eran tan excelentes, que por nada del mundo venderia aquel pedazo de tierra. Todo el mundo creia que conservaba el huertecillo para tener derecho de pasar por la muralla y robar, y esta opinion no se hallaba, ni mucho menos, alejada de la realidad. Tellagorri era de la familia de los Galchagorris, la familia de los pantalones colorados, y este consonante, entre el mote de su familia y su nombre habia servido al padre de la sacristana, viejo chusco que odiaba a Tellagorri, de motivo a una cancion que hasta los chicos la sabian y que mortificaba profundamente a Tellagorri. La cancion decia asi: Tellagorri Galchagorri Ongui etorri Onera. Ostutzale Erantzale Nescatzale Zu cera. (Tellagorri, Galchagorri, bien venido seas aqui. Aficionado a robar, aficionado a beber aficionado a las muchachas, eres tu.) Tellagorri, al oir la cancion, fruncia el entrecejo y se ponia serio. Tellagorri era un individualista convencido, tenia el individualismo del vasco reforzado y calafateado por el individualismo de los Tellagorris. --Cada cual que conserve lo que tenga y que robe lo que pueda--decia. Esta era la mas social de sus teorias, las mas insociables se las callaba. Tellagorri no necesitaba de nadie para vivir. El se hacia la ropa, el se afeitaba y se cortaba el pelo, se fabrica las abarcas, y no necesitaba de nadie, ni de mujer ni de hombre. Asi al menos lo aseguraba el. Tellagorri, cuando le tomo por su cuenta a Martin, le enseno toda su ciencia. Le explico la manera de acogotar una gallina sin que alborotase, le mostro la manera de coger los higos y las ciruelas de las huertas sin peligro de ser visto, y le enseno a conocer las setas buenas de las venenosas por el color de la hierba en donde se crian. Esta cosecha de setas y la caza de caracoles constituia un ingreso para Tellagorri, pero el mayor era otro. Habia en la Ciudadela, en uno de los lienzos de la muralla, un rellano formado por tierra, al cual parecia tan imposible llegar subiendo como bajando. Sin embargo, Tellagorri dio con la vereda para escalar aquel rincon y, en este sitio recondito y soleado, puso una verdadera plantacion de tabaco, cuyas hojas secas vendia al tabernero Arcale. El camino que llevaba a la plantacion de tabaco del viejo, partia de una heredad de los Ohandos y pasaba por un foso de la Ciudadela. Abriendo una puerta vieja y carcomida que habia en este foso, por unos escalones cubiertos de musgo, se llegaba al rincon de Tellagorri. Este camino subia apoyandose en las gruesas raices de los arboles, constituyendo una escalera de desiguales tramos, metida en un tunel de ramaje. En verano, las hojas lo cubrian por completo. En los dias calurosos de Agosto se podia dormir alli a la sombra, arrullado por el piar de los pajaros y el rezongar de los moscones. El foso era lugar tambien interesante para Martin; las paredes estaban cubiertas de musgos rojos, amarillos y verdes; entre las piedras nacian la lechetrezna, el beleno y el yezgo, y los grandes lagartos tornasolados se tostaban al sol. En los huecos de la muralla tenian sus nidos las lechuzas y los mochuelos. Tellagorri explicaba todo detenidamente a Martin. Tellagorri era un sabio, nadie conocia la comarca como el, nadie dominaba la geografia del rio Ibaya, la fauna y la flora de sus orillas y de sus aguas como este viejo cinico. Guardaba, en los agujeros del puente romano, su aparejo y su red para cuando la veda; sabia pescar al martillo, procedimiento que se reduce a golpear algunas losas del fondo del rio y luego a levantarlas, con lo que quedan las truchas que han estado debajo inmoviles y aletargadas. Sabia cazar los peces a tiros; ponia lazos a las nutrias en la cueva de Amaviturrieta, que se hunde en el suelo y esta a medias llena de agua; echaba las redes en Ocin beltz, el agujero negro en donde el rio se embalsa; pero no empleaba nunca la dinamita porque, aunque vagamente, Tellagorri amaba la Naturaleza y no queria empobrecerla. Le gustaba tambien a este viejo embromar a la gente: decia que nada gustaba tanto a las nutrias como un periodico con buenas noticias, y aseguraba que si se dejaba un papel a la orilla del rio, estos animales salen a leerlo; contaba historias extraordinarias de la inteligencia de los salmones y de otros peces. Para Tellagorri, los perros si no hablaban era porque no querian, pero el los consideraba con tanta inteligencia como una persona. Este entusiasmo por los canes le habia impulsado a pronunciar esta frase irrespetuosa: --"Yo le saludo con mas respeto a un perro de aguas, que al senor parroco." La tal frase escandalizo el pueblo. Habia gente que comenzaba a creer que Tellagorri y Voltaire eran los causantes de la impiedad moderna. Cuando no tenian, el viejo y el chico, nada que hacer, iban de caza con _Marquesch_ al monte. Arcale le prestaba a Tellagorri su escopeta. Tellagorri, sin motivo conocido, comenzaba a insultar a su perro. Para esto siempre tenia que emplear el castellano: --iCanalla! iGranuja!--le decia--. iViejo cochino! iCobarde! _Marques_ contestaba a los insultos con un ladrido suave, que parecia una quejumbrosa protesta, movia la cola como un pendulo y se ponia a andar en zig-zag, olfateando por todas partes. De pronto veia que algunas hierbas se movian y se lanzaba a ellas como una flecha. Martin se divertia muchisimo con estos espectaculos. Tellagorri lo tenia como acompanante para todo, menos para ir a la taberna; alli no le queria a Martin. Al anochecer, solia decirle, cuando el iba a perorar al parlamento de casa de Arcale: --Anda, vete a mi huerta y coge unas peras de alli, del rincon, y llevatelas a casa. Manana me daras la llave. Y le entregaba un pedazo de hierro que pesaba media tonelada por lo menos. Martin recorria el balcon de la muralla. Asi sabia que en casa de Tal habian plantado alcachofas y en la de Cual judias. El ver las huertas y las casas ajenas desde lo alto de la muralla, y el contemplar los trabajos de los demas, iba dando a Martin cierta inclinacion a la filosofia y al robo. Como en el fondo el joven Zalacain era agradecido y de buena pasta, sentia por su viejo Mentor un gran entusiasmo y un gran respeto. Tellagorri lo sabia, aunque daba a entender que lo ignoraba; pero en buena reciprocidad, todo lo que comprendia que le gustaba al muchacho o servia para su educacion, lo hacia si estaba en su mano. iY que rincones conocia Tellagorri! Como buen vagabundo era aficionado a la contemplacion de la Naturaleza. El viejo y el muchacho subian a las alturas de la Ciudadela, y alla, tendidos sobre la hierba y las aliagas, contemplaban el extenso paisaje. Sobre todo, las tardes de primavera era una maravilla. El rio Ibaya, limpio, claro, cruzaba el valle por entre heredades verdes, por entre filas de alamos altisimos, ensanchandose y saltando sobre las piedras, estrechandose despues, convirtiendose en cascada de perlas al caer por la presa del molino. Cerraban el horizonte montes cenudos y en los huertos se veian arboledas y bosquecillos de frutales. El sol daba en los grandes olmos de follaje espeso de la Ciudadela y los enrojecia y los coloreaba con un tono de cobre. Bajando desde lo alto, por senderos de cabras, se llegaba a un camino que corria junto a las aguas claras del Ibaya. Cerca del pueblo, algunos pescadores de cana, se pasaban la tarde sentados en la orilla y las lavanderas, con las piernas desnudas metidas en el rio, sacudian las ropas y cantaban. Tellagorri conocia de lejos a los pescadores.--Alli estan Tal y Tal, decia--. Seguramente no han pescado nada. No se reunia con ellos; el sabia un rincon perfumado por las flores de las acacias y de los espinos que caia sobre un sitio en donde el rio estaba en sombra y a donde afluian los peces. Tellagorri le curtia a Martin, le hacia andar, correr, subirse a los arboles, meterse en los agujeros como un huron, le educaba a su manera, por el sistema pedagogico de los Tellagorris que se parecia bastante al salvajismo. Mientras los demas chicos estudiaban la doctrina y el caton, el contemplaba los espectaculos de la Naturaleza, entraba en la cueva de Erroitza en donde hay salones inmensos llenos de grandes murcielagos que se cuelgan de las paredes por las unas de sus alas membranosas, se banaba en Ocin beltz, a pesar de que todo el pueblo consideraba este remanso peligrosisimo, cazaba y daba grandes viajatas. Tellagorri hacia que su nieto entrara en el rio cuando llevaban a banar los caballos de la diligencia, montado en uno de ellos. --iMas adentro! iMas cerca de la presa, Martin!--le decia. Y Martin, riendo, llevaba los caballos hasta la misma presa. Algunas noches, Tellagorri, le llevo a Zalacain al cementerio. --Esperame aqui un momento--le dijo. --Bueno. Al cabo de media hora, al volver por alli le pregunto: --?Has tenido miedo, Martin? --?Miedo de que? --_iArrayua!_ Asi hay que ser--decia Tellagorri--. Hay que estar firmes, siempre firmes. CAPITULO III LA REUNION DE LA POSADA DE ARCALE La posada de Arcale estaba en la calle del castillo y hacia esquina al callejon Oquerra. Del callejon se salia al portal de la Antigua; hendidura estrecha y lobrega de la muralla que bajaba por una rampa en zig-zag al camino real. La casa de Arcale era un caseron de piedra hasta el primer piso, y lo demas de ladrillo, que dejaba ver sus vigas cruzadas y ennegrecidas por la humedad. Era, al mismo tiempo, posada y taberna con honores de club, pues alli por la noche se reunian varios vecinos de la _calle_ y algunos campesinos a hablar y a discutir y los domingos a emborracharse. El zaguan negro tenia un mostrador y un armario repleto de vinos y licores; a un lado estaba la taberna, con mesas de pino largas que podian levantarse y sujetarse a la pared, y en el fondo la cocina. Arcale era un hombre grueso y activo, excosechero, extratante de caballos y contrabandista. Tenia cuentas complicadas con todo el mundo, administraba las diligencias, chalaneaba, gitaneaba, y los dias de fiesta anadia a sus oficios el de cocinero. Siempre estaba yendo y viniendo, hablando, gritando, rinendo a su mujer y a su hermano, a los criados y a los pobres; no paraba nunca de hacer algo. La tertulia de la noche en la taberna de Arcale la sostenian Tellagorri y Pichia. Pichia, digno compinche de Tellagorri, le servia de contraste. Tellagorri era flaco, Pichia gordo; Tellagorri vestia de obscuro, Pichia, quiza para poner mas en evidencia su volumen, de claro; Tellagorri pasaba por pobre, Pichia era rico; Tellagorri era liberal, Pichia carlista; Tellagorri no pisaba la iglesia, Pichia estaba siempre en ella, pero a pesar de tantas divergencias Tellagorri y Pichia se sentian almas gemelas que fraternizaban ante un vaso de buen vino. Tenian estos dos oradores de la taberna de Arcale hablando en castellano un caracter comun y era que invariablemente trabucaban las efes y las pes. No habia medio de que las pronunciasen a derechas. --?Que te _farece_ a ti el medico nuevo?--le preguntaba Pichia a Tellagorri. --!Pse!--contestaba el otro--. La _fratica_ es lo que le _palta_. --Pues es hombre listo, hombre de alguna _portuna,_ tiene su _fiano_ en casa. No habia manera de que uno u otro pronunciaran estas letras bien. Tellagorri se sentia poco aficionado a las cosas de iglesia, tenia poca _apicion_, como hubiera dicho el, y cuando bebia dos copas de mas la primera gente de quien empezaba a hablar mal era de los curas. Pichia parecia natural que se indignara y no solo no se indignaba como cerero y religioso, sino que azuzaba a su amigo para que dijera cosas mas fuertes contra el vicario, los coadjutores, el sacristan o la cerora. Sin embargo, Tellagorri respetaba al vicario de Arbea, a quien los clericales acusaban de liberal y de loco. El tal vicario tenia la costumbre de coger su sueldo, cambiarlo en plata y dejarlo encima de la mesa formando un monton, no muy grande, porque el sueldo no era mucho, de duros y de pesetas. Luego, a todo el que iba a pedirle algo, despues de renirle rudamente y de reprocharle sus vicios y de insultarle a veces, le daba lo que le parecia, hasta que a mediados del mes se le acababa el monton de pesetas y entonces daba maiz o habichuelas siempre refunfunando e insultando. Tellagorri decia:--Esos son curas, no como los de aqui, que no quieren mas que vivir bien y buenas _profinas_. Toda la torpeza de Tellagorri hablando castellano se trocaba en facilidad, en rapidez y en gracia cuando peroraba en vascuence. Sin embargo, el preferia hablar en castellano porque le parecia mas elegante. Cualquier cosa llegaba a ser graciosa en boca de aquel viejo truhan; cuando pasaba por delante de la taberna alguna chica bonita, Tellagorri lanzaba un ronquido tan socarron que todo el mundo reia. Otro, haciendo lo mismo, hubiese parecido ordinario y grosero; el, no; Tellagorri tenia una elegancia y una delicadeza innata que le alejaban de la groseria. Era tambien hombre de refranes, y cuando estaba borracho cantaba muy mal, sin afinacion alguna, pero dando a las palabras mucha malicia. Las dos canciones favoritas suyas eran dos hibridas de vascuence y castellano; traducidas literalmente no querian decir gran cosa, pero en sus labios significaban todo. Una, probablemente de su invencion, era asi: Ba dala sargentua Ba dala quefia. Erreguinen bizcarretic Artzen ditu cafia. (Ya sea sargento, ya sea jefe, a costa de la reina, toma su cafe). Esto, en boca de Tellagori, quieria decir que todo el mundo era un pillo. La otra cancion la tenia el viejo para los momentos solemnes, y era asi: Manuelacho, escasayozu Barcasiyua Andresi. (Manolita, pidele perdon a Andres). Y hacia, al decir esto Tellagorri, una reverencia comica, y continuaa con voz gangosa: Beti orrela ibilli gabe majo sharraren iguesi. (Sin andar siempre, de esa manera, huyendo de un viejecito tan majo). Y despues, como una consecuencia grave de lo que habia dicho antes, anadia: Napoleonen pauso gaiztoac ondo dituzu icasi. (Los malos pasos de Napoleon, bien los has aprendido). No era facil comprender que malos pasos de Napoleon habria aprendido Manolita. Probablemente Manolita no tendria ni la mas remota idea de la existencia del heroe de Austerlitz, pero esto no era obstaculo para que la cancion en boca de Tellagorri tuviese muchisima gracia. Para los momentos en que Tellagorri estaba un tanto excitado o borracho, tenia otra cancion bilinguee, en que se celebraba el abrazo de Vergara y que concluia asi: iViva Espartero! iViva erreguina! iOjala de repente ilcobalizaque Bere ama ciquina! (iViva Espartero! iViva la reina! Ojala de repente se muriese su sucia madre!). Este adjetivo, dirigido a la madre de Isabel II, indicaba como habia llegado el odio por Maria Cristina hasta los mas alejados rincones de Espana. CAPITULO IV QUE SE REFIERE A LA NOBLE CASA DE OHANDO A la entrada del pueblo nuevo, en la carretera, y por lo tanto, fuera de las murallas, estaba la casa mas antigua y linajuda de Urbia: la casa de Ohando. Los Ohandos constituyeron durante mucho tiempo la unica aristocracia de la villa; fueron en tiempo remoto grandes hacendados y fundadores de capellanias, luego algunos reveses de fortuna y la guerra civil, amenguaron sus rentas y la llegada de otras familias ricas les quito la preponderancia absoluta que habian tenido. La casa Ohando estaba en la carretera, lo bastante retirada de ella para dejar sitio a un hermoso jardin, en el cual, como haciendo guardia, se levantaban seis magnificos tilos. Entre los grandes troncos de estos arboles crecian viejos rosales que formaban guirnaldas en la primavera cuajadas de flores. Otro rosal trepador, de retorcidas ramas y rosas de color de te, subia por la fachada extendiendose como una parra y daba al viejo casaron un tono delicado y aereo. Tenia ademas este jardin, en el lado que se unia con la huerta, un bosquecillo de lilas y saucos. En los meses de Abril y Mayo, estos arbustos florecian y mezclaban sus tirsos perfumados, sus corolas blancas y sus racimillos azules. En la casa solar, sobre el gran balcon del centro, campeaba el escudo de los fundadores tallado en arenisca roja; se veian esculpidos en el dos lobos rampantes con unas manos cortadas en la boca y un roble en el fondo. En el lenguaje heraldico, el lobo indica encarnizamiento con los enemigos; el roble, venerable antigueedad. A juzgar por el blason de los Ohandos, estos eran de una familia antigua, feroz con los enemigos. Si habia que dar credito a algunas viejas historias, el escudo decia unicamente la verdad. La parte de atras de la casa de los hidalgos daba a una hondonada; tenia una gran galeria de cristales y estaba hecha de ladrillo con entramado negro; enfrente se erguia un monte de dos mil pies, segun el mapa de la provincia, con algunos caserios en la parte baja, y en la alta, desnudo de vegetacion, y solo cubierto a trechos por encinas y carrascas. Por un lado, el jardin se continuaba con una magnifica huerta en declive, orientada al mediodia. La familia de los Ohandos se componia de la madre, dona Agueda, y de sus hijos Carlos y Catalina. Dona Agueda, mujer debil, fanatica y entermiza, de muy poco caracter, estaba dominada constantemente en las cuestiones de la casa por alguna criada antigua y en las cuestiones espirituales por el confesor. En esta epoca, el confesor era un curita joven llamado don Felix, hombre de apariencia tranquila y dulce que ocultaba vagas ambiciones de dominio bajo una capa de mansedumbre evangelica. Carlos de Ohando el hijo mayor de dona Agueda, era un muchacho cerril, obscuro, timido y de pasiones violentas. El odio y la envidia se convertian en el en verdaderas enfermedades. A Martin Zalacain le habia odiado desde pequeno cuando Martin le calento las costillas al salir de la escuela, el odio de Carlos se convirtio en furor. Cuando le veia a Martin andar a caballo y entrar en el rio, le deseaba un desliz peligroso. Le odiaba freneticamente. Catalina, en vez de ser obscura y cerril como su hermano Carlos, era pizpireta, sonriente, alegre y muy bonita. Cuando iba a la escuela con su carita sonrosada, un traje gris y una boina roja en la cabeza rubia, todas las mujeres del pueblo la acariciaban, las demas chicas querian siempre andar con ella y decian que, a pesar de su posicion privilegiada, no era nada orgullosa. Una de sus amigas era Ignacita, la hermana de Martin. Catalina y Martin se encontraban muchas veces y se hablaban; el la veia desde lo alto de la muralla, en el mirador de la casa, sentadita y muy formal, jugando o aprendiendo a hacer media. Ella siempre estaba oyendo hablar de las calaveradas de Martin. --Ya esta ese diablo ahi en la muralla--decia dona Agueda--. Se va a matar el mejor dia. iQue demonio de chico! iQue malo es! Catalina ya sabia que diciendo ese demonio, o ese diablo, se referian a Martin. Carlos alguna vez le habia dicho a su hermana: --No hables con ese ladron. Pero a Catalina no le parecia ningun crimen que Martin cogiera frutas de los arboles y se las comiese, ni que corriese por la muralla. A ella se le antojaban extravagancias, porque desde nina tenia un instinto de orden y tranquilidad y le parecia mal que Martin fuese tan loco. Los Ohandos eran duenos de un jardin proximo al rio, con grandes magnolias y tilos y cercado por un seto de zarzas. Cuando Catalina solia ir alli con la criada a coger flores, Martin las seguia muchas veces y se quedaba a la entrada del seto. --Entra si quieres--le decia Catalina. --Bueno--y Martin entraba y hablaba de sus correrias, de las barbaridadas que iba a hacer y exponia las opiniones de Tellagorri, que le parecian articulos de fe. --iMas te valia ir a la escuela!--le decia Catalina. --iYo! iA la escuela!--exclamaba Martin--. Yo me ire a America o me ire a la guerra. Catalina y la criada entraban por un sendero del jardin lleno de rosales y hacian ramos de flores. Martin las veia y contemplaba la presa, cuyas aguas brillaban al sol como perlas y se deshacian en espumas blanquisimas. --Ya andaria por ahi, si tuviera una lancha--decia Martin. Catalina protestaba. --?No se te van a ocurrir mas que tonterias siempre? ?Por que no eres como los demas chicos? --Yo les pego a todos--contestaba Martin, como si esto fuera una razon. ...En la primavera, el camino proximo al rio era una delicia. Las hojas nuevas de las hayas comenzaban a verdear, el helecho lanzaba al aire sus enroscados tallos, los manzanos y los perales de las huertas ostentaban sus copas nevadas por la flor y se oian los cantos de las malvices y de los ruisenores en las enramadas. El cielo se mostraba azul, de un azul suave, un poco palido y solo alguna nube blanca, de contornos duros, como si fuera de marmol, aparecia en el cielo. Los sabados por la tarde, durante la primavera y el verano, Catalina y otras chicas del pueblo, en compania de alguna buena mujer, iban al campo santo. Llevaba cada una un cestito de flores, hacian una escobilla con los hierbajos secos, limpiaban el suelo de las lapidas en donde estaban enterrados los muertos de su familia y adornaban las cruces con rosas y con azucenas. Al volver hacia casa todas juntas, veian como en el cielo comenzaban a brillar las estrellas y escuchaban a los sapos, que lanzaban su misteriosa nota de flauta en el silencio del crepusculo... Muchas veces, en el mes de Mayo, cuando pasaban Tellagorri y Martin por la orilla del rio, al cruzar por detras de la iglesia, llegaba hasta ellos las voces de las ninas, que cantaban en el coro las flores de Maria. Emenche gauzcatzu ama (Aqui nos tienes, madre.) Escuchaban un momento, y Martin distinguia la voz de Catalina, la chica de Ohando. --Es _Catalin_, la de Ohando--decia Martin. --Si no eres tonto tu, te casaras con ella--replicaba Tellagorri. Y Martin se echaba a reir. CAPITULO V DE COMO MURIO MARTIN LOPEZ DE ZALACAIN, EN EL ANO DE GRACIA DE MIL CUATROCIENTOS Y DOCE. Uno de los vecinos que con mas frecuencia paseaba por la acera de la muralla era un senor viejo, llamado don Fermin Soraberri. Durante muchisimos anos, don Fermin desempeno el cargo de secretario del Ayuntamiento de Urbia, hasta que se retiro, cuando su hija se caso con un labrador de buena posicion. El senor don Fermin Soraberri era un hombre alto, grueso, pesado, con los parpados edematosos y la cara hinchada. Solia llevar una gorrita con dos cintas colgantes por detras, una esclavina azul y zapatillas. La especialidad de don Fermin era la de ser distraido. Se olvidaba de todo. Sus relaciones estaban cortadas por este patron: --Una vez en Onate... (para el senor Soraberri, Onate era la Atenas moderna.--En Espana hay veinte o treinta Atenas modernas.) Una vez en Onate pude presenciar una cosa sumamente interesante. Estabamos reunidos el senor vicario, un senor profesor de primera ensenanza y...--y el senor Soraberri miraba a todas partes, como espantado, con sus grandes ojos turbios, y decia:--?En que iba?... Pues... se me ha olvidado la especie. Al senor Soraberri siempre se le olvidaba la especie. Casi todos los dias el exsecretario se encontraba con Tellagorri y cambiaban un saludo y algunas palabras acerca del tiempo y de la marcha de los arboles frutales. Al comenzar a verle acompanado de Martin, el senor Soraberri se extrano y miraba al muchacho con su aire de elefante hinchado y reblandecido. Penso en dirigirle alguna pregunta, pero tardo varios dias, porque el senor Soraberri era tardo en todo. Al ultimo le dijo, con su majestuosa lentitud: --?De quien es este nino, amigo Tellagorri? --?Este chico? Es un pariente mio. --?Algun Tellagorri? --No; se llama Martin Zalacain. --iHombre! iHombre! Martin Lopez de Zalacain. --No, Lopez no--dijo Tellagorri. --Yo se lo que me digo. Este nino se llama realmente Martin Lopez de Zalacain y sera de ese caserio que esta ahi cerca del portal de Francia. --Si, senor; de ahi es. --Pues conozco su historia, y Lopez de Zalacain ha sido y Lopez de Zalacain sera, y si quiere usted manana vaya usted a mi casa y le leere a usted un papel que copie del archivo del Ayuntamiento acerca de esa cuestion. Tellagorri dijo que iria y, efectivamente, al dia siguiente, pensando que quiza lo dicho por el exsecretario tuviese alguna importancia, se presento con Martin en su casa. Al senor Soraberri se le habia olvidado la especie, pero recordo pronto de que se trataba; encargo a su hija que trajese un vaso de vino para Tellagorri, entro el en su despacho y volvio poco despues con unos papeles viejos en la mano; se puso los anteojos, carraspeo, revolvio sus notas, y dijo: --iAh! Aqui estan. Esto--anadio--es una copia de una narracion que hace el cronista Inigo Sanchez de Ezpeleta acerca de como fue vertida la primera sangre en la guerra de los linajes, en Urbia, entre el solar de Ohando y el de Zalacain, y supone que estas luchas comenzaron en nuestra villa a fines del siglo XIV o a principios del XV. --?Y hace mucho tiempo de eso?--pregunto Tellagorri. --Cerca de quinientos anos. --?Y ya existian Zalacain entonces? --No solo existian, sino que eran nobles. --Oye, oye--dijo Tellagorri dando un codazo a Martin, que se distraia. --?Quieren ustedes que lea lo que dice el cronista? --Si, si. --Bueno. Pues dice asi: "Titulo: De como murio Martin Lopez de Zalacain, en el ano de gracia de mil cuatrocientos y doce." Leido esto, Soraberri tosio, escupio y comenzo esta relacion con gran solemnidad: "Enemistad antigua senalada avya entre el solar d'Ohando, que es del reino de Navarra, e el de Zalacain, que es en tierra de la Borte. E dicese que la causa della foe sobre envidia e a cual valia mas, e ficieron muchos malheficios e los de Zalacain quemaron vivo al senyor de Sant Pedro en una pelea que ovyeron en el llano del Somo e porque no dexo fijo el dicho senyor de Sant Pedro casaron una su fija con Martin Lopez de Zalacain, home muy andariego. E dicho Martin Lopez seyendo venido a la billa d'Urbia foe desafiado por Mosen de Sant Pedro, del solar d'Ohando, que era sobrino del otro senyor de Sant Pedro e que habia fecho muchos malheficios, acechanzas e rrobos. E Martin Lopez contestole a su desafiamiento: Como vos sabedes yo so contado aqui por el mas esforzado ome y ardite en el fecho de las armas en toda esta tierra y paresce que los d'Ohando a vos han traido por la mejor lanza de Navarra por vengar la muertte de mi suegro que foe en la pelea peleada con lealtad en el Somo e como el cuibdaba matar a mi, yo a el. E por ende si a vos pluguiese que nos probemos vos e yo, uno para otro, fasta que uno de nos o ambos por ventura muramos, a mi plasera mucho e aqui presto. E respondiole Mosen de Sant Pedro que le plasia e se citaron en el prado de Sant Ana. En esta sazon venya dicho Martin Lopez encima de su cavallo como esforzado cavallero e antes de pelear con Mosen de Sant Pedro foe ferido de una saeta que le entro por un ojo e cayo muertto del cavallo en medio del prado. E lo desjarretaron. E preparo la asechanza e armo la ballestta e la disparo Velche de Micolalde, deudo e amigo de Mosen de Sant Pedro d'Ohando. E los omes de Martin Lopez como lo veyeron muertto e eran pocos enfrente de los de Ohando, ovyeron muy grant miedo e comenzaron todos a fugir. E cuando lo supo la muger de Martin Lopez fue la triste al prado de Sant Ana, e cuando vido el cuerpo de su marido, sangriento y mutilado, se afinojo, prisole en sus brazos e comenzo a llorar, maldiciendo la guerra e su mala fortuna. E esto pataba en el ano de Nuestro Senyor de mil cuatrociensos y doce." Cuando concluyo el senor Soraberri, miro a traves de sus anteojos a sus dos oyentes. Martin no se habia enterado de nada; Tellagorri dijo: --Si, esos Ohandos es gente _palsa_. Mucho ir a la iglesia, pero luego matan a traicion. Soraberri recomendo eficazmente a su amigo Tellagorri que no hiciera nunca juicios aventurados y temerarios, y con este motivo comenzo a contar una historia, precisamente ocurrida en Onate, pero al ir a especificar los que habian intervenido en su historia, se le olvido la especie, y lo sintio, verdaderamente lo sintio, porque, segun dijo, tenia la seguridad de que el hecho era sumamente interesante y, ademas, muy digno de mencion. CAPITULO VI DE COMO LLEGARON UNOS TITIRITEROS Y DE LO QUE SUCEDIO DESPUES Un dia de Mayo, al anochecer, se presentaron en el camino real tres carros, tirados por caballos flacos, llenos de mataduras y de esparavanes. Cruzaron la parte nueva del pueblo y se detuvieron en lo alto del prado de Santa Ana. No podia Tellagorri, gaceta de la taberna de Arcale, quedar sin saber en seguida de que se trataba; asi que se presento al momento en el lugar, seguido de _Marques_. Trabo inmediatamente conversacion con el jefe de la caravana, y despues de varias preguntas y respuestas y de decir el hombre que era frances y domador de fieras, Tellagorri se lo llevo a la taberna de Arcale. Martin se entero tambien de la llegada de los domadores con sus fieras enjauladas, y a la manana siguiente, al levantarse, lo primero que hizo fue dirigirse al prado de Santa Ana. Comenzaba a salir el sol cuando llego al campamento del domador. Uno de los carros era la casa de los saltimbanquis. Acababan de salir de dentro el domador, su mujer, un viejo, un chico y una chica. Solo una nina de pocos meses quedo en la carreta-choza jugando con un perro. El domador no ofrecia ese aire, entre petulante y grotesco, tan comun a los acrobatas de barracas y gentes de feria; era sombrio, joven, con aspecto de gitano, el pelo negro y rizoso, los ojos verdes, el bigote alargado en las puntas por una especie de patillas pequenas y la expresion de maldad siniestra y repulsiva. El viejo, la mujer y los chicos tenian solo caracter de pobres, eran de esos tipos y figuras borrosas que el troquel de la miseria produce a millares. El hombre, ayudado por el viejo y por el chico, trazo con una cuerda un circulo en la tierra y en el centro planto un palo grande, de cuya punta partian varias cuerdas que se ataban en estacas clavadas fuertemente en el suelo. El domador busco a Tellagorri para que le proporcionara una escalera; le indico este que habia una en la taberna de Arcale, la sacaron de alli y con ella sujetaron las lonas, hasta que formaron una tienda de campana de forma conica. Los dos carros con jaulas en donde iban las fieras los colocaron dejando entre ellos un espacio que servia de puerta al circo, y encima y a los lados pusieron los saltimbanquis tres carteles pintarrajeados. Uno representaba varios perros lanzandose sobre un oso, el otro una lucha entre un leon y un bufalo y el tercero unos indios atacando con lanzas a un tigre que les esperaba en la rama de un arbol como si fuera un jilguero. Dieron los hombres la ultima mano al circo, y el domingo, en el momento en que la gente salia de visperas, se presento el domador seguido del viejo en la plaza de Urbia, delante de la iglesia. Ante el pueblo congregado, el domador comenzo a soplar en un cuerno de caza y su ayudante redoblo en el tambor. Recorrieron los dos hombres las calles del barrio viejo y luego salieron fuera de puertas, y tomando por el puente, seguidos de una turba de chicos y chicas llegaron al prado de Santa Ana, se acercaron a la barraca y se detuvieron ante ella. A la entrada la mujer tocaba el bombo con la mano derecha y los platillos con la izquierda, y una chica desmelenada agitaba una campanilla. Unieronse a estos sonidos discordantes las notas agudisimas del cuerno de caza y el redoble del tambor, produciendo entre todo una algarabia insoportable. Este ruido ceso a una senal imperiosa del domador, que con su instrumento de viento en el brazo izquierdo se acerco a una escalera de mano proxima a la entrada, subio dos o tres peldanos, tomo una varita y senalando las monstruosas figuras pintarrajeadas en los lienzos, dijo con voz enfatica: --Aqui veran ustedes los osos, los lobos, el leon y otras terribles fieras. Veran ustedes la lucha del oso de los Pirineos con los perros que saltan sobre el y acaban por sujetarle. Este es el leon del desierto cuyos rugidos espantan al mas bravo de los cazadores. Solo su voz pone espanto en el corazon mas valiente... iOid! El domador se detuvo un momento y se oyeron en el interior de la barraca terribles rugidos, y como contestandolos, el ladrar feroz de una docena de perros. El publico quedo aterrorizado. --En el desierto... El domador iba a seguir, pero viendo que el efecto de curiosidad en el publico estaba conseguido y que la multitud pretendia pasar sin tardanza al interior del circo, grito: --La entrada no cuesta mas que un real. iAdelante, senores! iAdelante! Y volvio a atacar con el cuerno de caza un aire marcial, mientras el viejo ayudante redoblaba en el tambor. La mujer abrio la lona que cerraba la puerta y se puso a recoger los cuartos de los que iban pasando. Martin presencio todas estas maniobras con una curiosidad creciente, hubiera dado cualquier cosa por entrar, pero no tenia dinero. Busco una rendija entre las lonas para ver algo, pero no la pudo encontrar; se tendio en el suelo y estaba asi con la cara junto a la tierra cuando se le acerco la chica haraposa del domador que tocaba la campanilla a la puerta. --Eh, tu ?que haces ahi? --Mirar--dijo Martin. --No se puede. --?Y por que no se puede? --Porque no. Si no quedate ahi, ya veras si te pesca mi amo. --?Y quien es tu amo? --?Quien ha de ser? El domador. --iAh! ?Pero tu eres de aqui? --Si --?Y no sabes pasar? --Si no dices a nadie nada ya te pasare. --Yo tambien te traere cerezas. --?De donde? --Yo se donde las hay. --?Como te llamas? --Martin, ?y tu? --Yo, Linda. --Asi se llamaba la perra del medico--dijo poco galantemente Martin. Linda no protesto de la comparacion; fue detras de la entrada del circo, tiro de una lona, abrio un resquicio, y dijo a Martin: --Anda, pasa. Se deslizo Martin y luego ella. --?Cuando me daras las cerezas?--pregunto la chica. --Cuando esto se concluya ire a buscarlas. Martin se coloco entre el publico. El espectaculo que ofrecia el domador de fieras era realmente repulsivo. Alrededor del circo, atados a los pies de un banco hecho con tablas, habia diez o doce perros flacos y sarnosos. El domador hizo restallar el latigo, y todos los perros a una comenzaron a ladrar y a aullar furiosamente. Luego el hombre vino con un oso atado a una cadena, con la cabeza protegida por una cubierta de cuero. El domador obligo a ponerse de pie varias veces al oso, y a bailar con el palo cruzado sobre los hombros y a tocar la pandereta. Luego solto un perro que se lanzo sobre el oso, y despues de un momento de lucha se le colgo de la piel. Tras de este solto otro perro y luego otro y otro, con lo cual el publico se comenzo a cansar. A Martin no le parecio bien, porque el pobre oso estaba sin defensa alguna. Los perros se echaban con tal furia sobre el oso que para obligarles a soltar la presa el domador o el viejo tenian que morderles la cola. A Martin no le agrado el espectaculo y dijo en voz alta, y algunos fueron de su opinion, que el oso atado no podia defenderse. Despues todavia martirizaron mas a la pobre bestia. El domador era un verdadero canalla y pegaba al animal en los dedos de las patas, y el oso babeaba y gemia con unos gemidos ahogados. --iBasta! iBasta!--grito un indiano que habia estado en California. --Porque tiene el oso atado hace eso--dijo Martin--, sino no lo haria. El domador se fijo en el muchacho y le lanzo una mirada de odio. Lo que siguio fue mas agradable, la mujer del domador, vestida con un traje de lentejuelas, entro en la jaula del leon, jugo con el, le hizo saltar y ponerse de pie, y despues Linda dio dos o tres volatines y vino con un monillo vestido de rojo a quien obligo a hacer ejercicios acrobaticos. El espectaculo concluia. La gente se disponia a salir. Martin vio que el domador le miraba. Sin duda se habia fijado en el. Martin se adelanto a salir, y el domador le dijo: --Espera, tu no has pagado. Ahora nos veremos. Te voy a echar los perros como al oso. Martin retrocedio espantado; el domador le contemplaba con una sonrisa feroz. Martin recordo el sitio por donde entro y empujando violentamente la lona la abrio y salio fuera de la barraca. El domador quedo chasqueado. Dio despues Martin la vuelta al prado de Santa Ana, hasta detenerse prudentemente a quince o veinte metros de la entrada del circo. Al ver a Linda le dijo: --?Quieres venir? --No puedo. --Pues ahora te traere las cerezas. En el momento que hablaban aparecio corriendo el domador, penso sin duda en abalanzarse sobre Martin, pero comprendiendo que no le alcanzaria se vengo en la nina y le dio una bofetada brutal. La chiquilla cayo al suelo. Unas mujeres se interpusieron e impidieron al domador siguiera pegando a la pobre Linda. --To lo has metido dentro, ?verdad?--grito el domador en frances. --No; ha sido el que ha entrado. --Mentira. Has sido tu. Confiesa o te deslomo. --Si, he sido yo. --?Y por que? --Porque me ha dicho que me traeria cerezas. --Ah, bueno--y el domador se tranquilizo--, que las traiga, pero si te las comes te hartare de palos. Ya lo sabes. Martin, al poco rato, volvio con la boina llena de cerezas. La Linda las puso en su delantal y estaba con ellas cuando se presento el domador de nuevo. Martin se aparto dando un salto hacia atras. --No, no te escapes--dijo el domador con una sonrisa que queria ser amable. Martin se quedo. Luego, el hombre le pregunto quien era, y el al saber su parentesco con Tellagorri, le dijo: --Ven cuando quieras, te dejare pasar. Durante los demas dias de la semana, la barraca del domador estuvo vacia. El domingo, los saltimbanquis hicieron dar un bando por el pregonero diciendo que representarian un numero extraordinario e interesantisimo. Martin se lo dijo a su madre y a su hermana. La chica se asustaba al escuchar el relato de las fieras y no quiso ir. Acudieron solo la madre y el hijo. El numero sensacional era la lucha de la Linda con el oso. La chiquilla se presento desnuda de medio cuerpo arriba y con unos pantalones de percal rojo. Linda se abrazo al oso y hacia que luchaba con el, pero el domador tiraba a cada paso de una cuerda atada a la nariz del plantigrado. A pesar de que la gente pensaba que no habia peligro para la nina, producia una horrible impresion ver las grandes y peludas garras del animal sobre las espaldas debiles de la nina. Despues del numero sensacional que no entusiasmo al publico, entro la mujer en la jaula del leon. La fiera debia estar enferma, porque la domadora no hallo medio de que hiciese los ejercicios de costumbre. Viendo semejante fracaso el domador, poseido de una rabiosa furia, entro en la jaula, mando salir a la mujer y empezo a latigazos con el leon. Este se levanto ensenando los dientes, y lanzando un rugido se echo sobre domador; el viejo ayudante metio, por entre los barrotes de la jaula, una palanca de hierro para aislar el hombre de la fiera, pero con tan poca fortuna, que la palanca se engancho en las ropas del domador y en vez de protegerle le inmovilizo y le dejo entregado a la fiera. El publico vio al domador echando sangre, y se levanto despavorido y se dispuso a huir. No habia peligro para los espectadores, pero un panico absurdo hizo que todos se lanzasen atropelladamente a la salida; alguien, que luego no se supo quien fue, disparo un tiro contra el leon, y en aquel momento insensato de fuga resultaron magullados y contusos varias mujeres y ninos. El domador quedo tambien gravemente herido. Dos mujeres fueron recogidas con contusiones de importancia, una de ellas, una vieja de un caserio lejano que hacia diez anos que no habia estado en Urbia, la otra, la madre de Martin, que ademas de las magulladuras y golpes, presentaba una herida en el cuello, ocasionada, segun dijo el medico, por un trozo del barrote de la jaula, desprendido al choque de la bala disparada por una persona desconocida. Se traslado a la madre de Martin a su casa, y fuera que las contusiones y la herida tuviesen gravedad, fuera como dijeron algunos que no estuviese bien atendida, el caso fue que la pobre mujer murio a la semana del accidente de la barraca, dejando huerfanos a Martin y a la Ignacia. CAPITULO VII COMO TELLAGORRI SUPO PROTEGER A LOS SUYOS A la muerte de la madre de Martin, Tellagorri, con gran asombro del pueblo, recogio a sus sobrinos y se los llevo a su casa. La senora de Ohando dijo que era una lastima que aquellos ninos fuesen a vivir con un hombre desalmado, sin religion y sin costumbres, capaz de decir que saludaba con mas respeto a un perro de aguas que al senor parroco. La buena senora se lamento, pero no hizo nada, y Tellagorri se encargo de cuidar y alimentar a los huerfanos. La Ignacia entro en la posada de Arcale de ninera y hasta los catorce anos trabajo alli. Martin frecuento la escuela durante algunos meses, pero le tuvo que sacar Tellagorri antes del ano porque se pegaba con todos los chicos y hasta quiso zurrar al pasante. Arcale, que sabia que el muchacho era listo y de genio vivo, le utilizo para recadista en el coche de Francia, y cuando aprendio a guiar, de recadista le ascendieron a cochero interino y al cabo de un ano le pasaron a cochero en propiedad. Martin, a los diez y seis anos, ganaba su vida y estaba en sus glorias. Se jactaba de ser un poco barbaro y vestia un tanto majo, con la elegancia garbosa de los antiguos postillones. Llevaba chalecos de color, y en la cadena del reloj colgantes de plata. Le gustaba lucirse los domingos en el pueblo; pero no le gustaba menos los dias de labor marchar en el pescante por la carretera restallando el latigo, entrar en las ventas del camino, contar y oir historias y llevar encargos. La senora de Ohando y Catalina se los hacian con mucha frecuencia, y le recomendaban que les trajese de Francia telas, puntillas y algunas veces alhajas. --?Que tal, Martin?--le decia Catalina en vascuence. --Bien--contestaba el rudamente, haciendose mas el hombre--. ?Y en vuestra casa? --Todos buenos. Cuando vayas a Francia, tienes que comprarme una puntilla como la otra. ?Sabes? --Si, si, ya te comprare. --?Ya sabes frances? --Ahora empiezo a hablar. Martin se estaba haciendo un hombreton, alto, fuerte, decidido. Abusaba un poco de su fuerza y de su valor, pero nunca atacaba a los debiles. Se distinguia tambien como jugador de pelota y era uno de los primeros en el trinquete. Un invierno hizo Martin una hazana, de la que se hablo en el pueblo. La carretera estaba intransitable por la nieve y no pasaba el coche. Zalacain fue a Francia y volvio a pie, por la parte de Navarra, con un vecino de Larrau. Pasaron los dos por el bosque de Iraty y les acometieron unos cuantos jabalies. Ninguno de los hombres llevaba armas, pero a garrotazos mataron tres de aquellos furiosos animales, Zalacain dos y el de Larrau otro. Cuando Martin volvio triunfante, muerto de fatiga y con sus dos jabalies, el pueblo entero le considero como un heroe. Tellagorri tambien fue muy felicitado por tener un sobrino de tanto valor y audacia. El viejo, muy contento, aunque haciendose el indiferente, decia: Este sobrino mio va a dar mucho que hablar. De casta le viene al galgo. Porque yo no se si vosotros habreis oido hablar de Lopez de Zalacain. ?No? Pues preguntadle a ese viejo Soraberri, ya vereis lo que os cuenta... --?Y que tiene que ver ese Lopez con tu sobrino?--le replicaban. --Pues que es antepasado de Martin. No comprendeis nada. Tellagorri pago caro el triunfo obtenido por su sobrino en la caza de los jabalies, porque de tanto beber se puso enfermo. La Ignacia y Martin, por consejo del medico, obligaron al viejo a que suprimiese toda bebida, fuese vino o licor; pero Tellagorri, con tal procedimiento de abstinencia, languidecia y se iba poniendo triste. --Sin vino y sin _patharra_ soy un hombre muerto--decia Tellagorri--; y, viendo que el medico no se convencia de esta verdad, hizo que llamaran a otro mas joven. Este le dio la razon al borracho, y no solo le recomendo que bebiera todos los dias un poco de aguardiente, sino que le receto una medicina hecha con ron. La Ignacia tuvo que guardar la botella del medicamento, para que el enfermo no se la bebiera de un trago. A medida que entraba el alcohol en el cuerpo de Tellagorri, el viejo se erguia y se animaba. A la semana de tratamiento se encontraba tan bien, que comenzo a levantarse y a ir a la posada de Arcale, pero se creyo en el caso de hacer locuras, a pesar de sus anos, y anduvo de noche entre la nieve y cogio una pleuresia. --De esta no sale usted--le dijo el medico incomodado, al ver que habia faltado a sus prescripciones. Tellagorri lo comprendio asi y se puso serio, hizo una confesion rapida, arreglo sus cosas y, llamando a Martin, le dijo en vascuence: --Martin, hijo mio, yo me voy. No llores. Por mi lo mismo me da. Eres fuerte y valiente y eres buen chico. No abandones a tu hermana, ten cuidado con ella. Por ahora, lo mejor que puedes hacer es llevarla a casa de Ohando. Es un poco coqueta; pero Catalina la tomara. No le olvides tampoco a _Marquesch_; es viejo, pero ha cumplido. --No, no le olvidare--dijo Martin sollozando. --Ahora--prosiguio Tellagorri--te voy a decir una cosa y es que antes de poco habra guerra. Tu eres valiente, Martin, tu no tendras miedo de las balas. Vete a la guerra, pero no vayas de soldado. Ni con los blancos, ni con los negros. iAl comercio, Martin! iAl comercio! Venderas a los liberales y a los carlistas, haras tu pacotilla y te casaras con la chica de Ohando. Si teneis un chico, llamadle como yo, Miguel, o Jose Miguel. --Bueno--dijo Martin, sin fijarse en lo extravagante de la recomendacion. --Dile a Arcale--siguio diciendo el viejo--donde tengo el tabaco y las setas. Ahora acercate mas. Cuando yo me muera, registra mi jergon y encontraras en esta punta de la izquierda un calcetin con unas monedas de oro. Ya te he dicho, no quiero que las emplees en tierras, sino en generos de comercio. --Asi lo hare. --Creo que te lo he dicho todo. Ahora dame la mano. Firmes, ?eh? --Firmes. El pobre Tellagorri se olvido de decir _Pirmes_, como hubiera dicho estando sano. --A esa sosa de la Ignacia--anadio poco despues el viejo--le puedes dar lo que te parezca cuando se case. A todo dijo Martin que si. Luego acompano al viejo, contestando a sus preguntas, algunas muy extranas, y por la madrugada dejo de vivir Miguel de Tellagorri, hombre de mala fama y de buen corazon. CAPITULO VIII COMO AUMENTO EL ODIO ENTRE MARTIN ZALACAIN Y CARLOS OHANDO Cuando murio Tellagorri, Catalina de Ohando, ya una senorita, hablo a su madre para que recogiera a la Ignacia, la hermana de Martin. Era esta, segun se decia, un poco coqueta y estaba acostumbrada a los piropos de la gente de casa de Arcale. La suposicion de que la muchacha, siguiendo en la taberna, pudiese echarse a perder, influyo en la senora de Ohando para llevarla a su casa de doncella. Pensaba sermonearla hasta quitarla todos los malos resabios y dirigirla por la senda de la mas estrecha virtud. Con el motivo de ver a su hermana, Martin fue varias veces a casa de Ohando y hablo con Catalina y dona Agueda. Catalina seguia hablandole de tu y dona Agueda manifestaba por el afecto y simpatia, expresados en un sin fin de advertencias y de consejos. El verano se presento Carlos Ohando, que venia de vacaciones del colegio de Onate. Pronto noto Martin que, con la ausencia, el odio que le profesaba Carlos mas habia aumentado que disminuido. Al comprobar este sentimiento de hostilidad, dejo de presentarse en casa de Ohando. --No vas ahora a vernos--le dijo alguna vez que le encontro en la calle, Catalina. --No voy, porque tu hermano me odia--contesto claramente Martin. --No, no lo creas. --iBah! Yo se lo que me digo. El odio existia. Se manifesto primeramente en el juego de pelota. Tenia Martin un rival en un chico navarro, de la Ribera del Ebro, hijo de un carabinero. A este rival le llamaban _el Cacho_, porque era zurdo. Carlos de Ohando y algunos condiscipulos suyos, carlistas que se las echaban de aristocratas, comenzaron a proteger al _Cacho_ y a excitarlo y a lanzarlo contra Martin. _El Cacho_ tenia un juego furioso de hombre pequeno e iracundo; el juego de Martin, tranquilo y reposado, era del que esta seguro de si mismo. _El Cacho_, si comenzaba a ganar, se exaltaba, llevaba el partido al vuelo; en cambio, desanimado, no tiraba una pelota que no fuese falta. Eran dos tipos, Zalacain y _el Cacho_, completamente distintos; el uno, la serenidad y la inteligencia del montanes, el otro, el furor y el brio del ribereno. Semejante rivalidad, explotada por Ohando y los senoritos de su cuerda, termino en un partido que propusieron los amigos del _Cacho_. El desafio se concerto asi; _el Cacho_ e Isquina, un jugador viejo de Urbia, contra Zalacain y el companero que este quisiera tomar. El partido seria a cesta y a diez juegos. Martin eligio como zaguero a un muchacho vasco frances que estaba de oficial en la panaderia de Archipi y que se llamaba Bautista Urbide. Bautista era delgado, pero fuerte, sereno y muy dueno de si mismo. Se aposto mucho dinero por ambas partes. Casi todo el elemento popular y liberal estaba por Zalacain y Urbide; los senoritos, el sacristan y la gente carlista de los caserios por _el Cacho_. El partido constituyo un acontecimiento en Urbia; el pueblo entero y mucha gente de los alrededores se dirigio al juego de pelota a presenciar el espectaculo. La lucha principal iba a ser entre los dos delanteros, entre Zalacain y _el Cacho. El Cacho_ ponia de su parte su nerviosidad, su furia, su violencia en echar la pelota baja y arrinconada; Zalacain se fiaba en su serenidad, en su buena vista y en la fuerza de su brazo, que le permitia coger la pelota y lanzarla a lo lejos. La montana iba a pelear contra la llanura. Comenzo el partido en medio de una gran expectacion; los primeros juegos fueron llevados a la carrera por _el Cacho_, que tiraba las pelotas como balas unas lineas solamente por encima de la raya, de tal modo que era imposible recogerlas. A cada jugada maestra del navarro, los senoritos y los carlistas aplaudian entusiasmados; Zalacain sonreia, y Bautista le miraba con cierto mal disimulado panico. Iban cuatro juegos por nada, y ya parecia el triunfo del navarro casi seguro cuando la suerte cambio y comenzaron a ganar Zalacain y su companero. Al principio, _el Cacho_ se defendia bien y remataba el juego con golpes furiosos, pero luego, como si hubiese perdido el tono, comenzo a hacer faltas con una frecuencia lamentable y el partido se igualo. Desde entonces se vio que _el Cacho_ e Isquina perdian el juego. Estaban desmoralizados. _El Cacho_ se tiraba contra la pelota con ira, hacia una falta y se indignaba; pegaba con la cesta en la tierra enfurecido y echaba la culpa de todo a su zaguero. Zalacain y el vasco frances, duenos de la situacion, guardaban una serenidad completa, corrian elasticamente y reian. --Ahi, Bautista--decia Zalacain--. iBien! --Corre, Martin--gritaba Bautista--. iEso es! El juego termino con el triunfo completo de Zalacain y de Urbide. --_iViva gutarrac_. (iVivan los nuestros!)--gritaron los de la _calle_ de Urbia aplaudiendo torpemente. Catalina sonrio a Martin y le felicito varias veces. --iMuy bien! iMuy bien! --Hemos hecho lo que hemos podido--contesto el sonriente. Carlos Ohando se acerco a Martin, y le dijo con mal ceno: --_El Cacho_ te juega mano a mano. --Estoy cansado--contesto Zalacain. --?No quieres jugar? --No. Juega tu si quieres. Carlos, que habia comprobado una vez mas la simpatia de su hermana por Martin, sintio avivarse su odio. Habia venido aquella vez Carlos Ohando de Onate mas sombrio, mas fanatico y mas violento que nunca. Martin sabia el odio del hermano de Catalina y, cuando lo encontraba por casualidad, huia de el, lo cual a Carlos le producia mas ira y mas furor. Martin estaba preocupado, buscando la manera de seguir los consejos de Tellagorri y de dedicarse al comercio; habia dejado su oficio de cochero y entrado con Arcale en algunos negocios de contrabando. Un dia, una vieja criada de casa de Ohando, chismosa y murmuradora, fue a buscarle y le conto que la Ignacia, su hermana, coqueteaba con Carlos, el senorito de Ohando. Si dona Agueda lo notaba iba a despedir a la Ignacia, con lo cual el escandalo dejaria a la muchacha en una mala situacion. Martin, al saberlo, sintio deseos de presentarse a Carlos y de insultarle y desafiarle. Luego, pensando que lo esencial era evitar las murmuraciones, ideo varias cosas, hasta que al ultimo le parecio lo mejor ir a ver a su amigo Bautista Urbide. Habia visto al vasco frances muchas veces bailando con la Ignacia y creia que tenia alguna inclinacion por ella. El mismo dia que le dieron la noticia se presento en la tahona de Archipi en donde Urbide trabajaba. Lo encontro al vasco frances desnudo de medio cuerpo arriba en la boca del horno. --Oye, Bautista--le dijo. --?Que pasa? --Te tengo que hablar. --Te escucho--dijo el frances mientras maniobraba con la pala. --?A ti te gusta la _Inasi_, mi hermana? --iHombre!... si. iQue pregunta!--exclamo Bautista--.?Para eso vienes a verme? --?Te casarias con ella? --Si tuviera dinero para establecerme ya lo creo. --?Cuanto necesitarias? --Unos ochenta o cien duros. --Yo te los doy. --?Y por que es esa prisa? ?Le pasa algo a la Ignacia? --No, pero he sabido que Carlos Ohando la esta haciendo el amor. iY como la tiene en su casa!... --Nada, nada. Hablale tu y, si ella quiere, ya esta. Nos casamos en seguida. Se despidieron Bautista y Martin, y este, al dia siguiente, llamo a su hermana y le reprocho su coqueteria y su estupidez. La Ignacia nego los rumores que habian llegado hasta su hermano, pero al ultimo confeso que Carlos la pretendia, pero con buen fin. --iCon buen fin!--exclamo Zalacain--. Pero tu eres idiota, criatura. --?Por que? --Porque te quiere enganar, nada mas. --Me ha dicho que se casara conmigo. --?Y tu le has creido? --iYo! Le he dicho que espere y que te preguntare a ti, pero el me ha contestado que no quiere que te diga a ti nada. --Claro. Porque yo echaria abajo sus planes. Te quiere enganar, y quiere deshonrarnos, y que el pueblo entero nos desprecie porque me odia a mi. Yo no te digo mas que una cosa, que si pasa algo entre ese sacristan y tu, te despellejo a ti y a el, y le pego fuego a la casa, aunque me lleven a presidio para toda la vida. La Ignacia se echo a llorar, pero cuando Martin le dijo que Bautista se queria casar con ella y que tenia dinero, se secaron pronto sus lagrimas. --?Bautista quiere casarse?--pregunto la Ignacia asombrada. --Si. --iPero si no tiene dinero! --Pues ahora lo ha encontrado. La idea del casamiento con Bautista no solo consolo a la muchacha, sino que parecio ofrecerle un halagador porvenir. --?Y que quieres que haga? ?Salir de la casa?--pregunto la Ignacia, secandose las lagrimas y sonriendo. --No, por de pronto sigue ahi, es lo mejor, y dentro de unos dias Bautista ira a ver a dona Agueda y a decirla que se casa contigo. Se hizo lo acordado por los dos hermanos. En los dias siguientes, Carlos Ohando vio que su conquista no seguia adelante, y el domingo, en la plaza, pudo comprobar que la Ignacia se inclinaba definitivamente del lado de Bautista. Bailaron la muchacha y el panadero toda la tarde con gran entusiasmo. Carlos espero a que la Ignacia se encontrara sola y la insulto y la echo en cara su coqueteria y su falsedad. La muchacha, que no tenia gran inclinacion por Carlos, al verle tan violento cobro por el desvio y miedo. Poco despues, Bautista Urbide se presento en casa de Ohando, hablo a dona Agueda, se celebro la boda, y Bautista y la Ignacia fueron a vivir a Zaro, un pueblecillo del pais vasco frances. CAPITULO IX COMO INTENTO VENGARSE CARLOS DE MARTIN ZALACAIN Carlos Ohando enfermo de colera y de rabia. Su naturaleza, violenta y orgullosa, no podia soportar la humillacion de ser vencido; solo el pensarlo le mortificaba y le corroia el alma. Al intentar seducir Carlos a la Ignacia, casi podia mas en el su odio contra Martin que su inclinacion por la chica. Deshonrarle a ella y hacerle a el la vida triste, era lo que le encantaba. En el fondo, el aplomo de Zalacain, su contento por vivir, su facilidad para desenvolverse, ofendian a este hombre sombrio y fanatico. Ademas, en Carlos la idea de orden, de categoria, de subordinacion, era esencial, fundamental, y Martin intentaba marchar por la vida sin cuidarse gran cosa de las clasificaciones y de las categorias sociales. Esta audacia ofendia profundamente a Carlos y hubiese querido humillarle para siempre, hacerle reconocer su inferioridad. Por otra parte, el fracaso de su tentativa de seduccion le hizo mas malhumorado y sombrio. Una noche, aun no convaleciente de su enfermedad, producida por el despecho y la colera, se levanto de la cama, en donde no podia dormir, y bajo al comedor. Abrio una ventana y se asomo a ella. El cielo estaba sereno y puro. La luna blanqueaba las copas de los manzanos, cubiertos por la nieve de sus menudas flores. Los melocotoneros extendian a lo largo de las paredes sus ramas, abiertas en abanico, llenas de capullos. Carlos respiraba el aire tibio de la noche, cuando oyo un cuchicheo y presto atencion. Estaba hablando su hermana Catalina, desde la ventana de su cuarto, con alguien que se encontraba en la huerta. Cuando Carlos comprendio que era con Martin con quien hablaba, sintio un dolor agudisimo y una impresion sofocante de ira. Siempre se habia de encontrar enfrente de Martin. Parecia que el destino de los dos era estorbarse y chocar el uno contra el otro. Martin contaba bromeando a Catalina la boda de Bautista y de la Ignacia, en Zaro, el banquete celebrado en casa del padre del vasco frances, el discurso del alcalde del pueblecillo... Carlos desfallecia de colera. Martin le habia impedido conquistar a la Ignacia y deshonraba, ademas, a los Ohandos siendo el novio de su hermana, hablando con ella de noche. Sobre todo, lo que mas heria a Carlos, aunque no lo quisiera reconocer, lo que mas le mortificaba en el fondo de su alma era la superioridad de Martin, que iba y venia sin reconocer categorias, aspirando a todo y conquistandolo todo. Aquel granuja de la calle era capaz de subir, de prosperar, de hacerse rico, de casarse con su hermana y de considerar todo esto logico, natural... Era una desesperacion. Carlos hubiera gozado conquistando a la Ignacia, abandonandola luego, paseandose desdenosamente por delante de Martin; y Martin le ganaba la partida sacando a la Ignacia de su alcance y enamorando a su hermana. iUn vagabundo, un ladron, se la habia jugado a el, a un hidalgo rico heredero de una casa solariega! Y lo que era peor, iesto no seria mas que el principio, el comienzo de su carrera esplendida! Carlos, mortificado por sus pensamientos, no presto atencion a lo que hablaban; luego oyo un beso, y poco despues las ramas de un arbol que se movian. Tras de esto, se vio bajar un hombre por el tronco de un arbol, se vio que cruzaba la huerta, montaba sobre la tapia y desaparecia. Se cerro la ventana del cuarto de Catalina, y en el mismo momento Carlos se llevo la mano a la frente y penso con rabia en la magnifica ocasion perdida. iQue soberbio instante para concluir con aquel hombre que le estorbaba! iUn tiro a boca de jarro! Y ya aquella mala hierba no creceria mas, no ambicionaria mas, no intentaria salir de su clase. Si lo mataba, todo el mundo consideraria el suyo un caso de legitima defensa contra un salteador, contra un ladron. Al dia siguiente, Carlos busco una escopeta de dos canones de su padre, la encontro, la limpio a escondidas y la cargo con perdigones loberos. Estuvo vacilando en poner cartuchos con bala, pero como era dificil hacer punteria de noche, opto por los perdigones gruesos. Ni en aquella noche, ni en la siguiente, se presento Martin, pero cuatro dias despues Carlos lo sintio en la huerta. Todavia no habia salido la luna y esto salvo al salteador enamorado. Carlos impaciente, al oir el ruido de las hojas, apunto y disparo. Al fogonazo, vio a Martin en el tronco del arbol y volvio a disparar. Se oyo un chillido agudo de mujer y el golpe de un cuerpo en el suelo. La madre de Carlos y las criadas, alarmadas salieron de sus cuartos gritando, preguntando lo que era. Catalina, palida como una muerta, no podia hablar de emocion. Dona Agueda, Carlos y las criadas salieron al jardin. Debajo del arbol, en la tierra y sobre la hierba humeda, se veian algunas gotas de sangre, pero Martin habia huido. --No tenga usted cuidado, senorita--le dijo a Catalina una de las criadas--. Martin ha podido escapar. La senora de Ohando, que se entero de lo ocurrido por su hijo, llamo en su auxilio al cura don Felix para que le aconsejara. Se intento hacer comprender a Catalina el absurdo de su proposito, pero la muchacha era tenaz y estaba dispuesta a no ceder. --Martin ha venido a darme noticias de la Ignacia, y como saben que no le quieren en la casa, por eso ha saltado la tapia. Cuando Carlos supo que Martin estaba solamente herido en un brazo y que se paseaba vendado por el pueblo siendo el heroe, se sintio furioso, pero por si acaso, no se atrevio a salir a la calle. Con el atentado, la hostilidad entre Carlos y Catalina, ya existente, se acentuo de tal manera, que dona Agueda, para evitar agrias disputas, envio de nuevo a Carlos a Onate y ella se dedico a vigilar a su hija. LIBRO SEGUNDO Andanzas y correrias CAPITULO PRIMERO EN EL QUE SE HABLA DE LOS PRELUDIOS DE LA ULTIMA GUERRA CARLISTA Hay hombres para quienes la vida es de una facilidad extraordinaria. Son algo asi como una esfera que rueda por un plano inclinado, sin tropiezo, sin dificultad alguna. ?Es talento, es instinto o es suerte? Los propios interesados aseguran ser instinto o talento, sus enemigos dicen casualidad, suerte, y esto es mas probable que lo otro, porque hay hombres excelentemente dispuestos para la vida, inteligentes, energicos, fuertes y que sin embargo, no hacen mas que detenerse y tropezar en todo. Un proverbio vasco dice: "El buen valor asusta a la mala suerte." Y esto es verdad a veces... cuando se tiene buena suerte. Zalacain era afortunado; todo lo que intentaba lo llevaba bien. Negocios, contrabando, amores, juego... Su ocupacion principal era el comercio de caballos y de mulas que compraba en Dax y pasaba de contrabando por los Alduides o por Roncesvalles. Tenia como socio a Capistun _el Americano_, hombre inteligentisimo, ya de edad, a quien todo el mundo llamaba el americano, aunque se sabia que era gascon. Su mote procedia de haber vivido en America mucho tiempo. Bautista Urbide, antiguo panadero de la tahona de Archipe, formaba muchas veces parte de las expediciones. Lo mismo Capistun que Martin, tenian como punto de descanso el pueblo de Zaro, proximo a San Juan del Pie del Puerto, donde vivia la Ignacia con Bautista. Capistun y Martin conocian, como pocos, los puertos de Ibantelly y de Atchuria, de Alcorrunz y de Larratecoeguia, toda la linea de Mugas de Zugarramurdi. Habian recorrido muchas veces los caminos que hay entre Meaca y Urdax, entre Izpegui y San Esteban de Baigorri, entre Biriatu y Enderlaza, entre Elorrieta, la Banca y Berdariz. En casi todos los pueblos de la frontera vasco-navarra, desde Fuenterrabia hasta Valcarlos, tenian algun agente para sus negocios de contrabando. Conocian tambien, palmo a palmo, las veredas que van por las vertientes del monte Larrun y no habia misterios para ellos hacia el lado Este de Navarra en esas praderas altas, metidas entre los bosques de Irati y de Ori. La vida de Capistun y Martin era accidentada y peligrosa. Para Martin, la consigna del viejo Tellagorri era la norma de su vida. Cuando se encontraba en una situacion apurada, cercado por los carabineros, cuando se perdia en el monte, en medio de la noche, cuando tenia que hacer un esfuerzo sobre si mismo, recordaba la actitud y la voz del viejo al decir: iFirmes! iSiempre firmes! Y hacia lo necesario en aquel momento con decision. Tenia Martin serenidad y calma. Sabia medir el peligro y ver la situacion real de las cosas sin exageraciones y sin alarmas. Para los negocios y para la guerra el hombre necesita ser frio. Martin comenzaba a impregnarse del liberalismo frances y a encontrar atrasados y fanaticos a sus paisanos; pero, a pesar de esto, creia que don Carlos, en el instante que iniciase la guerra, conseguiria la victoria. En casi todo el Mediodia de Francia se creia lo mismo. El gobierno de la Republica, los subprefectos y demas funcionarios de la frontera espanola dejaban pasar a los facciosos; y en los coches de Elizondo, por los Alduides, por San Esteban de Baigorri, por Anoa, viajaban los jefes carlistas, con sus uniformes e insignias de mando. Martin y Capistun, ademas de mulas y de caballos, habian llevado a diferentes puntos de Guipuzcoa y de Navarra, armas y materias necesarias para la fabricacion de polvora, cartuchos y proyectiles, y hasta llegaron a pasar por la frontera un canon, de desecho de la guerra franco-prusiana, vendido por el Estado frances. Los comites carlistas funcionaban a la vista de todo el mundo. Generalmente, Martin y Capistun se entendian con el de Bayona, pero algunas veces tuvieron que relacionarse con el de Pau. Muchas veces habian dejado en manos de jovenes carlistas, disfrazados de boyerizos, barricas llenas de armas. Los carlistas montaban las barricas en un carro y se internaban en Espana. --Es vino de la Rioja--solian decir en broma, al llegar a los pueblos golpeando los toneles, y el alcalde y el secretario complices los dejaban pasar. Tambien solian cargar en carros, que cubrian de tejas, plomo en lingotes, que habia de servir para fundir balas. La alusion a la guerra proxima se notaba en una porcion de indicios y senales. Curas, alcaldes y _jaunchos_ [Nota: Jaunchos-caciques.] se preparaban. Muchas veces, al cruzar un pueblo, se oia una voz aguda como de Carnaval, que gritaba en vasco: ?Noiz zuazte? (?Cuando os vais?) Lo que queria decir: ?Cuando os echais al campo? Se cantaba tambien en Guipuzcoa una cancion en vascuence, que aludia a la guerra y que se llamaba Gu guera (Nosotros somos). Era asi: UNA VOZ Bigarren chandan aditutzendet ate joca _dan dan_. Ale onduan norbait dago ta galdezazu nor dan. (Por segunda vez oigo que estan llamando a la puerta, _dan, dan_. Junto a la puerta hay alguno. Pregunta quien es.) VARIAS VOCES Ta gu guera Ta gu guera gabiltzanac gora bera etorri nayean onera. Ta gu guera Ta gu guera Quirlis Carlos Carlos Quirlis Ecarri nayean onera. (Nosotros somos, nosotros somos los que andamos de arriba a abajo queriendo venir aqui. Nosotros somos, nosotros somos Quirlis Carlos, Carlos Quirlis, queriendole traer aqui.) Y mientras en las provincias se organizaba y preparaba una guerra feroz y sangrienta, en Madrid, politicos y oradores se dedicaban con fruicion a los bellos ejercicios de la retorica. * * * * * Un dia de Mayo fueron Martin, Capistun y Bautista a Vera. La senora de Ohando tenia una casa en el barrio de Alzate y habia ido a pasar alli una temporada. Martin queria hablar con su novia, y Capistun y Bautista le acompanaron. Salieron de Sara y marcharon por el monte a Alzate. Martin contaba con una de las criadas de Ohando, partidaria suya, y esta le facilitaba el poder hablar con Catalina. Mientras Martin quedo en Alzate, Capistun y Bautista entraron en Vera. En aquel mismo momento, don Carlos de Borbon, el pretendiente, llegaba rodeado de un Estado Mayor de generales carlistas y de algunos vendeanos franceses. Se leyo una alocucion patriotica, y despues don Carlos, repitiendo el final de la alocucion, exclamo: --Hoy dos de Mayo. iDia de fiesta _nasional! iAbaco_ el _extranquero_! El _extranquero_ era Amadeo de Saboya. Capistun y Bautista anduvieron entre los grupos. Se decia que uno de aquellos caballeros era Cathelineau, el descendiente del celebre general vendeano; se senalaba tambien al conde de Barrot y a un marques navarro. Cuando llego Martin a Vera se encontro la plaza llena de carlistas; Bautista le dijo: --La guerra ha empezado. Martin se quedo pensativo. Volvieron Martin, Capistun y Bautista a Francia. Bautista gritaba ironicamente a cada paso:--_iAbaco_ el _extranquero!_--Zalacain pensaba en el giro que tomaria aquella guerra asi iniciada y en lo que podria influir en sus amores con Catalina. CAPITULO II COMO MARTIN, BAUTISTA Y CAPISTUN PASARON UNA NOCHE EN EL MONTE Una noche de invierno marchaban tres hombres con cuatro magnificas mulas cargadas con grandes fardos. Salidos de Zaro por la tarde, se dirigian hacia los altos del monte Larrun. Costeando un arroyo que bajaba a unirse con la Nivelle y cruzando prados, llegaron a una borda, donde se detuvieron a cenar. Los tres hombres eran Martin Zalacain, Capistun el gascon y Bautista Urbide. Llevaban una partida de uniformes y de capotes. El alijo iba consignado a Lesaca, en donde lo recogerian los carlistas. Despues de cenar en la borda, los tres hombres sacaron las muias y continuaron el viaje subiendo por el monte Larrun. Era la noche fria, comenzaba a nevar. En los caminos y sendas, llenos de lodo, se resbalaban los pies; a veces una mula entraba en un charco hasta el vientre y a fuerza de fuerzas se lograba sacarla del aprieto. Los animales llevaban mucho peso. Era preciso seguir el camino largo, sin utilizar las veredas, y la marcha se hacia pesada. Al llegar a la cumbre y al entrar en el puerto de Ibantelly, les sorprendio a los viandantes una tempestad de viento y de nieve. Se encontraban en la misma frontera. La nieve arreciaba; no era facil seguir adelante. Los tres hombres detuvieron las mulas, y mientras quedaba Capistun con ellas, Martin y Bautista se echaron uno a un lado y el otro al otro, para ver si encontraban cerca algun refugio, cabana o choza de pastor. Zalacain vio a pocos pasos una casucha de carabineros cerrada. --iEup! iEup!--grito. No contesto nadie. Martin empujo la puerta, sujeta con un clavo, y entro dentro del chozo. Inmediatamente corrio a dar parte a los amigos de su descubrimiento. Los fardos que llevaban las mulas tenian mantas, y extendiendolas y sujetandolas por un extremo en la choza de los carabineros y por otro en unas ramas, improvisaron un cobertizo para las caballerias. Puestas en seguridad la carga y las mulas, entraron los tres en la casa de los carabineros y encendieron una hermosa hoguera. Bautista fabrico en un momento, con fibras de pino, una antorcha para alumbrar aquel rincon. Esperaron a que pasara el temporal y se dispusieron los tres a matar el tiempo junto a la lumbre. Capistun llevaba una calabaza llena de aguardiente de Armagnac y, mezclandolo con agua que calentaron, bebieron los tres. Luego, como era natural, hablaron de la guerra. El carlismo se extendia y marchaba de triunfo en triunfo. En Cataluna y en el pais vasco-navarro iba haciendo progresos. La Republica espanola era una calamidad. Los periodicos hablaban de asesinatos en Malaga, de incendios en Alcoy, de soldados que desobedecian a los jefes y se negaban a batirse. Era una vergueenza. Los carlistas se apoderaban de una porcion de pueblos abandonados por los liberales. Habian entrado en Estella. En las dos orillas del Bidasoa, lo mismo en la frontera espanola que en la francesa, se sentia un gran entusiasmo por la causa del Pretendiente. Capistun y Bautista senalaron sus conocidos alistados ya en la faccion. La mayoria eran mozos, pero no faltaban tampoco los viejos. Los fueron citando. Alla estaban Juan Echeberrigaray, de Espeleta; Tomas Albandos, de Anoa; el herrero Lerrumburo, de Zaro; Echebarria, de Irisarri; Galparzasoro, el alpargatero de Urruna; Mearuberry, el carnicero de Ostabat, Miguel Larralde, el de Azcain; Carricaburo, el mozo de un caserio de Arhamus; Chaubandidegui, el hijo del confitero de Azcarat; Peyrohade y Lafourchette, los dos mozos del bazar de Hasparren. --iValientes granujas!--murmuro Martin, que escuchaba. Capistun y Bautista siguieron su enumeracion. Estaban tambien Bordagorri, el de Meharin; Achucarro, de Urdax; Etchehun, el versolari de Chacxu; Ganecoechia, de Osses; Bishino, de Azparrain, Listurria, de Briscus; Rebenacq, de Pourtales; el propietario de Saint Palais con el baron Lesbas d'Armagnac, de Mauleon; Detchesarry, el sacristan de Biriatu; Guibeleguieta, de Barcus; Iturbide, de Hendaya; Echemendi, el minero de Articuza; Chocoa, el cantero de San Esteban de Baigorri; Garraiz, el cazador de palomas de Echalar; Setoain, el lenador de Esterensuby; Isuribere, el pastor de Urepel; y Chiquierdi, el de Zugarramurdi. Los vascos, siguiendo las tendencias de su raza, marchaban a defender lo viejo contra lo nuevo. Asi habian peleado en la antigueedad contra el romano, contra el godo, contra el arabe, contra el castellano, siempre a favor de la costumbre vieja y en contra de la idea nueva. Estos aldeanos y viejos hidalgos de Vasconia y de Navarra, esta semiaristocracia campesina de las dos vertientes del Pirineo, creia en aquel Borbon, vulgar extranjero y extranjerizado, y estaban dispuestos a morir para satisfacer las ambiciones de un aventurero tan grotesco. Los legitimistas franceses se lo figuraban como un nuevo Enrique IV; y como de alli, del Bearn, salieron en otro tiempo los Borbones para reinar en Espana y en Francia, sonaban con que Carlos VII triunfaria en Espana, acabaria con la maldita Republica Francesa, daria fueros a Navarra, que seria el centro del mundo y, ademas, restableceria el poder politico del Papa en Roma. Zalacain se sentia muy espanol y dijo que los franceses eran unos cochinos, porque debian hacer la guerra en su tierra, si querian. Capistun, como buen republicano, afirmo que la guerra en todas partes era una barbaridad. --Paz, paz es lo que se necesita--anadio el gascon--; paz para poder trabajar y vivir. --iAh, la paz!--replico Martin contradiciendole--; es mejor la guerra. --No, no--repuso Capistun--. La guerra es la barbarie nada mas. Discutieron el asunto; el gascon, como mas ilustrado, aducia mejores argumentos, pero Bautista y Martin replicaban: --Si, todo eso es verdad, pero tambien es hermosa la guerra. Y los dos vascos especificaron lo que ellos consideraban como hermosura. Ambos guardaban en el fondo de su alma un sueno candido y heroico, infantil y brutal. Se veian los dos por los montes de Navarra y de Guipuzcoa al frente de una partida, viviendo siempre en acecho, en una continua elasticidad de la voluntad, atacando, huyendo, escondiendose entre las matas, haciendo marchas forzadas, incendiando el caserio enemigo... iY que alegrias! iQue triunfos! Entrar en las aldeas a caballo, la boina sobre los ojos, el sable al cinto, mientras las campanas tocan en la iglesia. Ver, al huir de una fuerza mayor, como aparece, entre el verde de las heredades, el campanario de la aldea donde se tiene el asilo; defender una trinchera heroicamente y plantar la bandera entre las balas que silban; conservar la serenidad mientras las granadas caen, estallando a pocos pasos, y caracolear en el caballo delante de la partida, marchando todos al compas del tambor... iQue emociones debian de ser aquellas! Y Bautista y Martin sonaban con el placer de atacar y de huir, de bailar en las fiestas de los pueblos y de robar en los Ayuntamientos, de acechar y de escapar por los senderos humedos y dormir en una borda sobre una cama de hierba seca... --iBarbarie! iBarbarie!--replicaba a todo esto el gascon. --iQue barbarie!--exclamo Martin--. ?Se ha de estar siempre hecho un esclavo, sembrando patatas o cuidando cerdos? Prefiero la guerra. --?Y por que prefieres la guerra? Para robar. --No hables, Capistun, que eres comerciante. --?Y que? --Que tu y yo robamos con el libro de cuentas. Entre robar en el camino, o robar con el libro de cuentas, prefiero a los que roban en el camino. --Si el comercio fuera un robo, no habria sociedad--repuso el gascon. --?Y que?--dijo Martin. --Que acabarian las ciudades. --Para mi las ciudades estan hechas por miserables y sirven para que las saqueen los hombres fuertes--dijo Martin con violencia. --Eso es ser enemigo de la Humanidad. Martin se encogio de hombros. Poco despues de media noche, la nieve comenzo a cesar y Capistun dio la orden de marcha. El cielo habia quedado estrellado. Los pies se hundian en la nieve y se sentia un silencio de muerte. --_Cantats, amics_--dijo el gascon, a quien tanta tristeza y tanto reposo imponian. --No nos vayan a oir--advirtio Bautista. --iCa!--y el gascon canto: iOan! iOan! lus de deuan lus de darrer que seguiran. Lus de darrer oan, oan, que seguiran a trot de can. (iAdelante! Adelante, los de delante y los de atras que seguiran. Los de atras, adelante, adelante, que seguiran al trote de can!) Era esta una vieja cancion gascona para medir la marcha; muy buena para el llano, pero poco oportuna en aquellos vericuetos. Bautista, animado por el ejemplo del gascon, canto un zortzico vasco frances, que decia asi: Gau erdi da errico orenean inon ez da arguiric lurrean ez diteque mendian adi deuzic aicearen arrabotza baicic. (Es media noche en el reloj del pueblo, en ninguna parte hay luz, en la tierra; no se puede, en el monte, oir mas que el rumor estruendoso del viento.) La cancion de Bautista era de una salvaje melancolia; Martin lanzo un grito, el _irrintzi_, como una larga carcajada, o un relincho salvaje terminado en una risa burlona. Capistun, como protestando, canto: Del castelet a l'aube sort Isabeu, es blanquette sa raube como la neu. (Del castillete, al alba, sale Isabel; es blanquita su ropa como la nieve.) A Martin y a Bautista no les gustaban las canciones del gascon que les parecian empalagosas, y a este tampoco las de sus amigos, a las cuales encontraba siniestras. Discutieron acerca de las excelencias de sus respectivos paises, pasando de los cantos populares a hablar de las costumbres y de la riqueza. Iba a amanecer; comenzaban a acercarse a Vera, cuando se oyeron a lo lejos varios tiros. --?Que pasa aqui?--se preguntaron. Tras de un instante se volvieron a oir nuevos tiros y un lejano sonido de campanas. --Hay que ver lo que es. Decidieron como mas practico que Capistun, con las cuatro mulas, se volviera y se encaminara despacio hacia la choza de carabineros donde habian pasado la noche. Si no ocurria nada en Vera, Bautista y Zalacain retornarian inmediatamente. Si en dos horas no estaban alla, Capistun debia ganar la frontera y refugiarse en Francia: en Biriatu, en Zaro, donde pudiese. Las mulas volvieron de nuevo camino del puerto, y Zalacain y su cunado comenzaron a bajar del monte en linea recta, saltando, deslizandose sobre la nieve, a riesgo de despenarse. Media hora despues, entraban en las calles de Alzate, cuyas puertas se veian cerradas. Llamaron en una posada conocida. Tardaron en abrir, y al ultimo el posadero, amedrentado, se presento en la puerta. --?Que pasa?--pregunto Zalacain. --Que ha entrado en Vera otra vez la partida del Cura. Bautista y Martin sabian la reputacion del Cura y su enemistad con algunos generales carlistas y convinieron en que era peligroso llevar el alijo a Vera o a Lesaca, mientras anduvieran por alli las gentes del ensotanado cabecilla. --Vamos en seguida a darle el aviso a Capistun--dijo Bautista. --Bueno, vete tu--repuso Martin--yo te alcanzo en seguida. --?Que vas a hacer? --Voy a ver si veo a Catalina. --Yo te esperare. Catalina y su madre vivian en una magnifica casa de Alzate. Llamo Martin en ella, y a la criada, que ya le conocia, la dijo: --?Esta Catalina? --Si... Pasa. Entro en la cocina. Era esta grande y espaciosa y algo obscura. Alrededor de la ancha campana de la chimenea colgaba una tela blanca planchada, sujeta por clavos. Del centro de la campana bajaba una gruesa cadena negra, en cuyo garfio final se enganchaba un caldero. A un lado de la chimenea, habia un banquillo de piedra, sobre el cual estaban en fila tres herradas con los aros de hierro brillantes, como si fueran de plata. En las paredes se veian cacerolas de cobre rojizo y lodos los chismes de la cocina de la casa, desde las sartenes y cucharas de palo, hasta el calentador, que tambien figuraba colgado en la pared como parte integrante de la bateria de cocina. Aquel orden parecia algo absurdo y extraordinario, contrastado con la agitacion exterior. La criada habia subido la escalera y, tras de algun tiempo, bajo Catalina envuelta en un manton. --?Eres tu?--dijo sollozando. --Si, ?que pasa? Catalina, llorando, conto que su madre estaba muy enferma, su hermano se habia ido con los carlistas y a ella querian meterla en un convento. --?A donde te quieren llevar? --No se, todavia no se ha decidido. --Cuando lo sepas, escribeme. --Si, no tengas cuidado. Ahora vete, Martin, porque mi madre habra oido que estamos hablando y, como ha sentido los tiros hace poco, esta muy alarmada. Efectivamente, se oyo poco despues una voz debil que exclamaba: --iCatalina! iCatalina! ?Con quien hablas? Catalina tendio la mano a Martin, quien la estrecho en sus brazos. Ella apoyo la cabeza en el hombro de su novio y, viendo que la volvian a llamar subio la escalera. Zalacain la contemplo absorto y luego abrio la puerta de la casa, la cerro despacio y, al encontrarse en la calle, se vio con un espectaculo inesperado. Bautista discutia a gritos con tres hombres armados, que no parecian tener para el muy buenas disposiciones. --?Que pasa?--pregunto Martin. Pasaba, sencillamente, que aquellos tres individuos eran de la partida del Cura y habian presentado a Bautista Urbide este sencillo dilema: "O formar parte de la partida o quedar prisionero y recibir ademas, de propina, una tanda de palos." Martin iba a lanzarse a defender a su cunado cuando vio que a un extremo de la calle aparecian cinco o seis mozos armados. En el otro esperaban diez o doce. Con su rapido instinto de comprender la situacion, Martin se dio cuenta de que no habia mas remedio que someterse y dijo a Bautista, en vascuence, aparentando gran jovialidad: --iQue demonio, Bautista! ?No querias tu entrar en una partida? ?No somos carlistas? Pues ahora estamos a tiempo. Uno de los tres hombres, viendo como se explicaba Zalacain, exclamo satisfecho: --_iArrayua!_ Este es de los nuestros. Venid los dos. El tal hombre era un aldeano alto, flaco, vestido con un uniforme destrozado y una pipa de barro en la boca. Parecia el jefe y le llamaban Luschia. Martin y Bautista siguieron a los mozos armados, pasaron de Alzate a Vera y se detuvieron en una casa, en cuya puerta habia un centinela. --iBajadlos! iBajadlos!--dijo Luschia a su gente. Cuatro mozos entraron en el portal y subieron por la escalera. Luschia, mientras tanto, pregunto a Martin: --?Vosotros de donde sois? --De Zaro. --?Sois franceses? --Si--dijo Bautista. Martin no quiso decir que el no lo era, sabiendo que el decir que era frances podia protegerle. --Bueno, bueno--murmuro el jefe. Los cuatro aldeanos de la partida que habian entrado en la casa trajeron a dos viejos. --iAtadlos!--dijo Luschia, el aldeano de la pipa. Sacaron a la calle un tambor de regimiento y un cesto, y a los dos viejos los ataron. --?Que es lo que han hecho?--pregunto Martin a uno de la partida que llevaba una boina a rayas. --Que son traidores--contesto este. El uno era un maestro de escuela y el otro un expartidario de la guerrilla del Cura. Cuando estuvieron las dos victimas atadas y con las espaldas desnudas, el ejecutor de la justicia, el mozo de la boina a rayas, se remango el brazo y cogio una vara. El maestro de escuela, suplicante, imploro: --iPero si todos somos unos! El exguerrillero no dijo nada. No hubo apelacion ni misericordia. Al primer golpe, el maestro de escuela perdio el sentido; el otro, el antiguo lugarteniente del Cura, callo y comenzo a recibir los palos con un estoicismo siniestro. Luschia se puso a hablar con Zalacain. Este le conto una porcion de mentiras. Entre ellas le dijo que el mismo habia guardado cerca de Urdax, en una cueva, mas de treinta fusiles modernos. El hombre oia y, de cuando en cuando, volviendose al ejecutor de sus ordenes, decia con voz gangosa: _iJo! iJo!_ (Pega, pega). Y volvia a caer la vara cobre las espaldas desnudas. CAPITULO III DE ALGUNOS HOMBRES DECIDIDOS QUE FORMABAN LA PARTIDA DEL CURA Concluida la paliza, Luschia dio la orden de marcha, y los quince o veinte hombres tomaron hacia Oyarzun, por el camino que pasa por la Cuesta de la Agonia. La partida iba en dos grupos; en el primero marchaba Martin y en el segundo Bautista. Ninguno de la partida tenia mal aspecto ni aire patibulario. La mayoria parecian campesinos del pais; casi todos llevaban traje negro, boina azul pequena y algunos, en vez de botas, calzaban abarcas con pieles de carnero, que les envolvian las piernas. Luschia, el jefe, era uno de los tenientes del Cura y ademas capitaneaba su guardia negra. Sin duda, gozaba de la confianza del cabecilla. Era alto, huesudo, de nariz fenomenal, enjuto y seco. Tenia Luschia una cara que siempre daba la impresion de verla de perfil, y la nuez puntiaguda. Parecia buena persona hasta cierto punto, insinuante y jovial. Consideraba, sin duda, una magnifica adquisicion la de Zalacain y Bautista, pero desconfiaba de ellos y, aunque no como prisioneros, los llevaba separados y no les dejaba hablar a solas. Luschia tenia tambien sus lugartenientes; Praschcu, Belcha y el Corneta de Lasala. Praschcu era un moceton grueso, barbudo, sonriente y rojo, que, a juzgar por sus palabras, no pensaba mas que en comer y en beber bien. Durante el camino no hablo mas que de guisos y de comidas, de la cena que le quitaron al cura de tal pueblo o al maestro de escuela de tal otro, del cordero asado que comieron en este caserio y de las botellas de sidra que encontraron en una taberna. Para Praschcu la guerra no era mas que una serie de comilonas y de borracheras. Belcha y el Corneta de Lasala iban acompanando a Bautista. A Belcha (el negrito) le llamaban asi por ser pequeno y moreno; el Corneta de Lasala ostentaba una cicatriz violacea que le cruzaba la frente. Su apodo procedia de su oficio de capataz de los que dan la senal para el comienzo y el paro del trabajo con una bocina. Los de la partida llegaron a media noche a Arichulegui, un monte cercano a Oyarzun, y entraron en una borda proxima a la ermita. Esta borda era la guarida del Cura. Alli estaba su deposito de municiones. El cabecilla no estaba. Guardaba la borda un reten de unos veinte hombres. Se hizo pronto de noche. Zalacain y Bautista comieron un rancho de habas y durmieron sobre una hermosa cama de heno seco. Al dia siguiente, muy de manana, sintieron los dos que les despertaban de un empujon; se levantaron y oyeron la voz de Luschia: --Hala. Vamos andando. Era todavia de noche; la partida estuvo lista en un momento. Al mediodia se detuvieron en Fagollaga y al anochecer llegaban a una venta proxima a Andoain, en donde hicieron alto. Entraron en la cocina. Segun dijo Luschia, alli se encontraba el Cura. Efectivamente, poco despues, Luschia llamo a Zalacain y a Bautista. --Pasad--les dijo. Subieron por la escalera de madera hasta el desvan y llamaron en una puerta. --?Se puede?--pregunto Luschia. --Adelante. Zalacain, a pesar de ser templado, sintio un ligero estremecimiento en todo el cuerpo, pero se irguio y entro sonriente en el cuarto. Bautista llevaba el animo de protestar. --Yo hablare--dijo Martin a su cunado--tu no digas nada. A la luz de un farol, se veia un cuarto, de cuyo techo colgaban mazorcas de maiz, y una mesa de pino, a la cual estaban sentados dos hombres. Uno de ellos era el Cura, el otro su teniente, un cabecilla conocido por el apodo de _el Jabonero_. --Buenas noches--dijo Zalacain en vascuence. --Buenas noches--contesto _el Jabonero_ amablemente. El cura no contesto. Estaba leyendo un papel. Era un hombre regordete, mas bajo que alto, de tipo insignificante, de unos treinta y tantos anos. Lo unico que le daba caracter era la mirada, amenazadora, oblicua y dura. Al cabo de algunos minutos, el cura levanto la vista y dijo: --Buenas noches. Luego siguio leyendo. Habia en todo aquello algo ensayado para infundir terror. Zalacain lo comprendio y se mostro indiferente y contemplo sin turbarse al cura. Llevaba este la boina negra inclinada sobre la frente, como si temiera que le mirasen a los ojos; gastaba barba ya ruda y crecida, el pelo corto, un panuelo en el cuello, un chaqueton negro con todos los botones abrochados y un garrote entre las piernas. Aquel hombre tenia algo de esa personalidad enigmatica de los seres sanguinarios, de los asesinos y de los verdugos; su fama de cruel y de barbaro se extendia por toda Espana. El lo sabia y, probablemente, estaba orgulloso del terror que causaba su nombre. En el fondo era un pobre diablo histerico, enfermo, convencido de su mision providencial. Nacido, segun se decia, en el arroyo, en Elduayen, habia llegado a ordenarse y a tener un curato en un pueblecito proximo a Tolosa. Un dia estaba celebrando misa, cuando fueron a prenderle. Pretexto el cura el ir a quitarse los habitos y se tiro por una ventana y huyo y empezo a organizar su partida. Aquel hombre siniestro se encontro sorprendido ante la presencia y la serenidad de Zalacain y de Bautista, y sin mirarles les pregunto: --?Sois vascongados? --Si--dijo Martin avanzando. --?Que haciais? --Contrabando de armas. --?Para quien? --Para los carlistas. --?Con que comite os entendiais? --Con Bayona. --?Que fusiles habeis traido? --Berdan y Chassepot. --?Es verdad que teneis armas escondidas cerca de Urdax? --Ahi y en otros puntos. --?Para quien las traiais? --Para los navarros. --Bueno. Iremos a buscarlas. Si no las encontramos, os fusilaremos. --Esta bien--dijo friamente Zalacain. --Marchaos--repuso el cura, molesto por no haber intimidado a sus interlocutores. Al salir, en la escalera, _el Jabonero_ se acerco a ellos. Este tenia aspecto de militar, de hombre amable y bien educado. Habia sido guardia civil. --No temais--dijo--. Si cumplis bien, nada os pasara. --Nada tememos--contesto Martin. Fueron los tres a la cocina de la posada, y _el Jabonero_ se mezclo entre la gente de la partida, que esperaba la cena. Se reunieron en la misma mesa _el Jabonero_, Luschia, Belcha, el corneta de Lasala y uno gordo, a quien llamaban Anchusa. _El Jabonero_ no quiso aceptar en la mesa a Praschcu, porque dijo que si a aquel barbaro le ponian a comer al principio, no dejaba nada a los demas. Con este motivo, un muchacho joven, exseminarista, apellidado Dantchari y conocido tambien por el mote de _el Estudiante_, que formaba parte de la partida, recordo la cancion de Vilinch, que se llama la Cancion del Potaje, y, como en ella el autor se burla de un cura tragon, tuvo que cantarla en voz baja, para que no se enterara el cabecilla. El posadero trajo la cena y una porcion de botellas de vino y de sidra, y, como la caminata desde Arichulegui hasta alla les habia abierto el apetito, se lanzaron sobre las viandas como fieras hambrientas. Estaban cenando, cuando llamaron a la puerta: --?Quien va?--dijo el posadero. --Yo. Un amigo--contestaron de fuera. --?Quien eres tu? --Ipintza, _el Loco_. --Pasa. Se abrio la puerta y entro un viejo mendigo envuelto en una anguarina parda, con una de las mangas atadas y convertida en bolsillo. Dantchari _el Estudiante_ le conocia y dijo que era un vendedor de canciones a quien tenian por loco, porque cantaba y bailaba recitandolas. Se sento Ipintza, _el Loco_, a la mesa y le dio el posadero las sobras de la cena. Luego se acerco al grupo que formaban los hombres de la partida alrededor de la chimenea. --?No quereis alguna cancion?--dijo. --?Que canciones tienes?--le pregunto _el Estudiante_. --Tengo muchas. La de la mujer que se queja del marido, la del marido que se queja de la mujer, Pello Joshepe... --Todo eso es viejo. --Tambien tengo Hurra Pepito y la cancion entre amo y criado. --Ese es liberal--dijo Dantchari. --No se--contesto Ipintza, _el Loco_. --?Como que no sabes? Yo creo que tu no eres del todo ortodoxo. --No se lo que es eso. ?No quereis canciones? --Pero, bueno, contesta. ?Eres ortodoxo o heterodoxo? --Ya te he dicho que no se. --Que opinas de la Trinidad? --No se. --?Como que no sabes? iY te atreves a decirlo! ?De donde procede el Espiritu Santo? ?Procede del Padre o procede del Hijo, o de los dos? ?O es que tu crees que su hipostasis es consustancial con la hipostasis del Padre o la del Hijo? --No se nada de eso. ?Quereis canciones? ?No quereis comprar canciones a Ipintza, _el Loco_? --iAh! ?De manera que no contestas? Entonces eres heretico. _Anathema sit_. Estas excomulgado. --iYo! ?Excomulgado?--dijo Ipintza lleno de terror, y retrocedio y enarbolo su blanco garrote. --Bueno, bueno--grito Luschia al estudiante--. Basta de bromas. Praschcu echo unas cuantas brazadas de ramas secas. Chisporroteo el fuego alegremente; despues, unos se pusieron a jugar al mus y Bautista lucio su magnifica voz cantando varios zortzicos. Dantchari, _el Estudiante_, desafio a echar versos a Bautista y este acepto el desafio. Los dos comenzaron con el estribillo: Orain esango dizut nic zuri eguia. (Ahora te dire yo la verdad.) Y la fuerza del consonante les hizo decir una porcion de disparates y de astracanadas que produjeron el entusiasmo de la reunion. Ambos merecieron placemes y aplausos. Luego, Dantchari aseguro que sabia imitar la voz de tiple, y entre Bautista y el cantaron la cancion que comienza diciendo: Marichu, ?nora zuaz eder galant ori? (Maria, ?a donde vas tan bonita?) Bautista cantando de mozo y Dantchari de chica, dirigiendose preguntas y respuestas de burlona ingenuidad, hicieron las delicias de la concurrencia. Luego, Bautista canto la bella cancion del pais de Soul, que dice asi: Urzo churia errazu Nora yoaten cera zu Ezpaniaco mendi guciac Elurrez beteac dituzu Gaur arratzean ostatu Gure echean badezu. (Paloma blanca, dime a donde vas. Todos los montes de Espana estan llenos de nieve. Si quieres albergue para esta noche, lo tienes en mi casa.) Los de la partida aplaudieron, pero mas que esta cancion romantica les gusto el duo anterior, y _el Jabonero_, comprendiendolo asi, compro a Ipintza, _el Loco_, un papel, que era la letra de la nueva cancion de Vilinch, llamada "Juana Vishenta Olave", escrita por el autor adaptandola a un aire popular titulado iOrra Pepito! La cancion de Vilinch era un dialogo amoroso entre el propietario de un caserio y la hija del arrendador, a quien trata de conquistar. _El Estudiante_ se puso las enaguas de la posadera y se ato un panuelo en la cabeza, Bautista se calo un sombrero de copa que alguno encontro, no se sabe donde, y cantaron ambos el duo ingenuo de Vilinch, y la algazara fue tan grande que los cantores tuvieron que enmudecer porque el Cura grito desde arriba que no le dejaban dormir en paz. Cada cual fue a acostarse donde pudo, y Martin le dijo a Bautista en frances: --Cuidado, eh. Hay que estar preparados para escapar a la mejor ocasion. Bautista movio la cabeza afirmativamente, dando a entender que no se olvidaba. CAPITULO IV HISTORIA CASI INVEROSIMIL DE JOSHE CRACASCH Los dos dias siguientes estuvo lloviendo y se paso la partida en la venta haciendo algunos reconocimientos por los alrededores. Ni Zalacain ni Bautista vieron al cura. Sin duda este no se presentaba mas que en las circunstancias graves. Como era natural entre tanta gente inactiva, se pasaron las horas al lado del fuego hablando y contando diversos episodios y aventuras. Habia en la partida un muchacho de Tolosa, muy melancolico, cuyas unicas ocupaciones eran mirarse a un espejito de mano y tocar el acordeon. Este muchacho se llamaba Jose Cacochipi y algunos, a sus espaldas, le decian Jose Cracasch o sea en castellano Jose Manchas. Martin y Bautista le preguntaron varias veces que le pasaba para estar tan triste, si es que le dolian las muelas, si tenia las digestiones lentas, disgustos de familia o algun desorden en la vejiga; a todas estas preguntas contestaba Cacochipi, alias _Cracasch_, diciendo que no le pasaba nada, pero suspiraba como si le ocurrieran todas esas calamidades al mismo tiempo. Como el tal Cacochipi constituia un misterio, Martin pregunto a Dantchari, _el Estudiante_, si por ser tolosano sabia la historia de su conterraneo y amigo, y el exseminarista dijo: --Si no le decis nada, os contare la historia de Joshe, pero habeis de prometerme no burlaros de el. --No nos burlaremos de el ni le diremos nada. Dantchari hablaba en castellano con esa pedanteria clasica de los curas y seminaristas, que creen indispensable, para mayor claridad, decir de cuando en cuando alguna palabra en latin entre personas que ignoran en absoluto este idioma. --Pues habeis de saber--dijo Dantchari--que Jose Cacochipi, el hijo menor de Andre Anthoni la confitera, ha sido conocido siempre, _urbi et orbe_ por el apodo de Joshe Cracasch. Este apodo lo tenia muy merecido porque Joshe era hace anos, y aun hace meses, el mozo mas abandonado de la ciudad y de los contornos; asi que todo el pueblo, _nemine discrepante_, lo apodaba Cracasch. Joshe no ha tenido hasta hace poco mas pasion que la musica. Quisieron hacerle estudiar para cura y ordenarle _in sacris_, pero fue imposible. Se puede decir de el que es musico _per se_ y hombre _per accidens_. Durante muchos anos se ha pasado ocho o nueve horas en el piano haciendo ejercicios y, como no ha tenido alma mas que para la musica, en todo lo demas ha sido un descuidado horrible. Llevaba el traje lleno de lamparones, la boina sucia, el pelo largo, se olvidaba la corbata. Era una verdadera calamidad. Por eso se le llamaba Joshe Cracasch, y a el no solo no le ofendia el apodo, sino que le hacia gracia; en cambio su madre, Andre Anthoni, se ponia como una fiera cuando oia que a su hijo le daban este mote. Hara un ano proximamente que un indiano rico llamado Arizmendi, y que dicen que ha sido pirata... yo no lo se, _relata refero_, llego al pueblo. Como digo, este senor le pregunto al parroco: --?Que profesor de musica le podria yo poner a mi chico? --El mejor, Jose Cacochipi--contesto el cura. Le hablaron a Cracasch y este se encogio de hombros y dijo que bueno. Su madre le preparo ropa limpia y le advirtio que tuviera cuidado con lo que decia y que fuera prudente, pues la colocacion podia ser un _modus vivendi_ para el. Cracasch prometio ser prudentisimo. Llego el primer dia a casa de Arizmendi y pregunto por el amo. Salio a abrirle una muchacha, y poco despues se presento un senor. La muchacha le dijo que dejara la boina en el colgador. --?Para que?--replico Joshe--y luego, dirigiendose al senor, le pregunto:--?Es la criada, eh? --No, esta senorita es mi hija--contesto friamente el senor Arizmendi. Cracasch comprendio que habia dado un tropiezo y para enmendarlo, dijo: --Es muy guapa. iYa se parece a usted, ya! --No. Si es hijastra mia--contesto el senor Arizmendi. --Ja, ja... ique risa!... Ya tendra novio, eh. Cacochipi fue a dar en un punto que preocupaba a la familia, pues la muchacha tenia amores, a disgusto de los padres, con un primo. El senor Arizmendi le dijo que no hiciera mas preguntas impertinentes, que ya sabia que era medio bobo, pero que aprendiese a reportarse. Joshe, muy extranado con tal exabrupto, fue al cuarto del chico, donde dio su primera leccion de solfeo. Aquellas palabras duras del senor Arizmendi, mas que ofender le extranaron. Joshe no tenia ninguna malicia, toda su vida la habia pasado pensando en la musica, y de otras cosas nada sabia. A Cacochipi, que estuvo varias veces invitado a comer con la familia de Arizmendi, le chocaba la tristeza del padre y de la madre y de las hermanas y quiso alegrarles un poco; porque, como dice el profano: _Omissis curis, jucunde vivendum esse_; lo cual quiere decir que se debe vivir alegremente y sin cuidados. Lo primero que se le ocurrio a Cracasch, un dia que se le figuro que ya tenia confianza con la familia de Arizmendi, fue, a los postres, imitar el ruido del tren; luego intento cantar una cancion que en la taberna tenia mucho exito. En esta cancion se hace como si se tocara la flauta y el bombo, y como si se comiera en una cazuela, y luego medio se desnuda uno mientras canta. Joshe creia que, cuando el se quitara la chaqueta y el chaleco, toda la familia romperia a reir a carcajadas, pero fue todo lo contrario, porque el senor Arizmendi, mirandole con ojos terribles, le dijo: --Bueno, Cacochipi: pongase usted el chaleco y no vuelva usted a quitarselo delante de nosotros. Joshe se quedo frio, y no precisamente por la falta del chaleco. --A esta gente no les hace gracia nada--murmuro. Un dia, aparecio a dar la leccion con la cara pintada con varios lunares y no hizo efecto; otro, ayudado por su discipulo, ato los cubiertos a la mesa... y nada. --?Que tal, Cracasch?--le preguntaba alguno en la calle--. ?Como va la familia de Arizmendi? --iAh! Es una gente que nada le gusta.--contestaba el--. Se hacen cosas bonitas para divertirles... y nada. El dia de Carnaval, Joshe Cracasch tuvo una idea de las suyas y fue convencer a su discipulo para que sacara los trajes de su madre y de una hermana. Se disfrazarian los dos y darian a la familia Arizmendi una broma graciosisima. --Ahora si que se van a reir--decia Cacochipi en su interior. El chico no se anduvo en retoricas y el domingo de Carnaval tomo los mejores trajes que encontro y fue con ellos a la confiteria. Maestro y discipulo se pusieron las prendas femeninas, y armados de sendas escobas, fueron a la puerta de la iglesia. Al salir Arizmendi con su mujer y sus hijas de misa, Cacochipi y su discipulo cayeron sobre ellos y les dieron un sin fin de apretones y de golpes; Joshe recordo a Arizmendi que tenia dentadura postiza, a su mujer que se ponia anadidos y a la hija mayor el novio con quien habia renido, y despues de otra porcion de cosas igualmente oportunas se marcharon las dos mascaras dando brincos. Al dia siguiente, cuando se presento en casa de Arizmendi, penso Cracasch: --Nada, van a felicitarme por la broma de ayer. Entro y le parecio que todo el mundo estaba serio. De pronto, se le acerco Arizmendi y con voz mas que severa, iracunda, en un terrible _ab irato_, le dijo: --No vuelva usted a poner los pies en mi casa. iImbecil! Si no fuera usted un idiota, le echaria a puntapies. --Pero ?por que?--pregunto Jose. --?Y lo pregunta usted todavia, majadero? Cuando no se sabe portarse como una persona, no se debe alternar con los demas. Yo creia que era usted un estupido, pero no tanto. Cacochipi, por primera vez en su vida, se sintio ofendido. Se encerro en su casa y empezo a pensar en la Celedonia, la segunda hija de Arizmendi y en la voz suave y la _eloquendi suavitatem_ con que le saludaba por las mananas cuando le decia: --Buenos dias, Joshe. Cacochipi se convencio de que, como le habia dicho Arizmendi, era un estupido y de que ademas estaba enamorado. Estos dos convencimientos le impulsaron a mudarse de traje, a cortarse el pelo, a ponerse una boina nueva y a no permitir que nadie le llamara Cracasch. --Oye, Cracasch--le decia alguno en la calle. --iHombre! Creo que me has llamado Cracasch--decia el. --Si, ?y que? --Que no quiero que me vuelvas a llamar asi. --Pero hombre, Cracasch... --Toma--y Joshe empezaba a punetazos y a golpes. En poco tiempo Joshe borro su apodo de Cracasch. La Celedonia Arizmendi habia notado la transformacion de Joshe y sabia la parte que en este cambio le correspondia a ella. Joshe veia que la muchacha le miraba con buenos ojos; pero era tan timido que nunca se hubiera atrevido a decirle nada. Llevaban sus amores el camino de pasar a la historia sin llegar al primer capitulo, cuando el hijo de un boticario se encargo de darles una solucion. Queria burlarse de Joshe y escribio una carta de amor grotesca a la hija de Arizmendi, firmando Joshe Cracasch. La chica le envio la carta a Joshe diciendole que se querian burlar de el, pero que ella le estimaba y que pasara por delante de su casa y que hablarian. Joshe fue y vio a la muchacha y le dio las buenas tardes y no se le ocurrio mas; ella le pregunto si su madre, Andre Anthoni, estaba buena, el la contesto que si y entonces ella le dijo: --Hasta manana, Joshe. --Adios. Cacochipi quedo como embobado; necesitaba respirar, tomar aire y salio de Tolosa y tomo el camino de Anoeta y paso Anoeta y luego Irura y cruzo Villabona y fue andando, andando, hasta que se topo con la partida del Cura, que iba a conquistar, _viribus et armis_, la gloria. Uno de la partida le dio el alto y le hizo descender de las sublimidades amatorio-musicales en que se hallaba sumido, presentandole el sencillo dilema de recibir una paliza o de venirse con nosotros. Jose Cacochipi, por muy aficionado que sea a la musica, no ha querido que solfeen sobre el y ya hace un mes que esta en la partida. Tal era la historia de Joshe Cracasch, que conto Dantchari, _el Estudiante_, con algunos latinajos mas de los que pone el autor. CAPITULO V COMO LA PARTIDA DEL CURA DETUVO LA DILIGENCIA CERCA DE ANDOAIN Al tercer dia de estar en la venta, la inaccion era grande, y entre _el Jabonero_ y Luschia acordaron detener aquella manana la diligencia que iba desde San Sebastian a Tolosa. Se dispuso la gente a lo largo del camino, de dos en dos; los mas lejanos irian, avisando cuando apareciera la diligencia y replegandose junto a la venta. Martin y Bautista se quedaron con el Cura y _el Jabonero_, porque el cabecilla y su teniente no tenian bastante confianza en ellos. A eso de las once de la manana, avisaron la llegada del coche. Los hombres que espiaban el paso fueron acercandose a la venta, ocultandose por los lados del camino. El coche iba casi lleno. El Cura, _el Jabonero_ y los siete u ocho hombres que estaban con ellos se plantaron en medio de la carretera. Al acercarse el coche, el Cura levanto su garrote y grito: --iAlto! Anchusa y Luschia se agarraron a la cabezada de los caballos y el coche se detuvo. --_iArrayua!_ iEl Cura!--exclamo el cochero en voz alta--. Nos hemos fastidiado. --Abajo todo el mundo--mando el Cura. Egozcue abrio la portezuela de la diligencia. Se oyo en el interior un coro de exclamaciones y de gritos. --Vaya. Bajen ustedes y no alboroten--dijo Egozcue con finura. Bajaron primero dos campesinos vascongados y un cura; luego, un hombre rubio, al parecer extranjero, y despues salto una muchacha morena, que ayudo a bajar a una senora gruesa, de pelo blanco. --Pero Dios mio, ?adonde nos llevan?--exclamo esta. Nadie le contesto. --iAnchusa! iLuschia! Desenganchad los caballos--grito el Cura--. Ahora, todos a la posada. Anchusa y Luschia llevaron los caballos y no quedaron con el cura mas que unos ocho hombres, contando con Bautista, Zalacain y Joshe Cracasch. --Acompanad a estos--dijo el cabecilla a dos de sus hombres, senalando a los campesinos y al cura. --Vosotros--e indico a Bautista, Zalacain, Joshe Cracasch y otros dos hombres armados--id con la senora, la senorita y este viajero. La senora gruesa lloraba afligida. --Pero, ?nos van a fusilar?--pregunto gimiendo. --iVamos! iVamos!--dijo uno de los hombres armados, brutalmente. La senora se arrodillo en el suelo, pidiendo que la dejaran libre. La senorita, palida, con los dientes apretados, lanzaba fuego por los ojos. Sin duda, sabia los procedimientos usados por el cura con las mujeres. A algunas solia desnudarlas de medio cuerpo arriba, les untaba con miel el pecho y la espalda y las emplumaba; a otras les cortaba el pelo o lo untaba de brea y luego se lo pegaba a la espalda. --Ande usted, senora--dijo Martin--, que no les pasara nada. --Pero, ?adonde?--pregunto ella. --A la posada, que esta aqui cerca. La joven nada dijo, pero lanzo a Martin una mirada de odio y de desprecio. Las dos mujeres y el extranjero comenzaron a marchar por la carretera. --Atencion, Bautista--dijo Martin en frances--, tu al uno, yo al otro. Cuando no nos vean. El extranjero, extranado, en el mismo idioma pregunto: --?Que van ustedes a hacer? --Escaparnos. Vamos a quitar los fusiles a estos hombres. Ayudenos usted. Los dos hombres armados, al oir que se entendian en una lengua que ellos no comprendian, entraron en sospechas. --?Que hablais?--dijo uno, retrocediendo y preparando el fusil. No tuvo tiempo de hacer nada, porque Martin le dio un garrotazo en el hombro y le hizo tirar el fusil al suelo, Bautista y el extranjero forcejearon con el otro y le quitaron el arma y los cartuchos. Joshe Cracasch estaba como en babia. Las dos mujeres, viendose libres, echaron a correr por la carretera, en direccion a Hernani. Cracasch las siguio. Este llevaba una mala escopeta, que podia servir en ultimo caso. El extranjero y Martin tenian cada uno su fusil, pero no contaba mas que con pocos cartuchos. A uno le habian podido quitar la cartuchera, al otro fue imposible. Este volaba corriendo a dar parte a los de la partida. El extranjero, Martin y Bautista corrieron y se reunieron con las dos mujeres y con Joshe Cracasch. La ventaja que tenian era grande, pero las mujeres corrian poco; en cambio, la gente del cura en cuatro saltos se plantaria junto a ellos. --iVamos! iAnimo!--decia Martin--. En una hora llegamos. --No puedo--gemia la senora--. No puedo andar mas. --iBautista!--exclamo Martin--. Corre a Hernani, busca gente y traela. Nosotros nos defenderemos aqui un momento. --Ire yo--dijo Joshe Cracasch. --Bueno, entonces deja el fusil y las municiones. Tiro el musico el fusil y la cartuchera y echo a correr, como alma que lleva el diablo. --No me fio de ese musico simple--murmuro Martin--. Vete tu, Bautista. La lastima es que quede un arma inutil. --Yo disparare--dijo la muchacha. Se volvieron a hacer frente, porque los hombres de la partida se iban acercando. Silbaban las balas. Se veia una nubecilla blanca y pasaba al mismo tiempo una bala por encima de las cabezas de los fugitivos. El extranjero, la senorita y Martin se guarecieron cada uno detras de un arbol y se repartieron los cartuchos. La senora vieja, sollozando, se tiro en la hierba, por consejo de Martin. --?Es usted buen tirador?--pregunto Zalacain al extranjero. --?Yo? Si. Bastante regular. --?Y usted, senorita? --Tambien he tirado algunas veces. Seis hombres se fueron acercando a unos cien metros de donde estaban guarecidos Martin, la senorita y el extranjero. Uno de ellos era Luschia. --A ese ciudadano le voy a dejar cojo para toda su vida--dijo el extranjero. Efectivamente, disparo y uno de los hombres cayo al suelo dando gritos. --Buena punteria--dijo Martin. --No es mala--contesto friamente el extranjero. Los otros cinco hombres recogieron al herido y lo retiraron hacia un declive. Luego, cuatro de ellos, dirigidos por Luschia, dispararon al arbol de donde habia salido el tiro. Creian, sin duda, que alli estaban refugiados M